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CÁRCEL

Ella iba leyendo un libro arrugado y amarillento de Pedro Kropotkin; yo miraba por la ventana del bus, y veía como las luces del gran Concepción se alejaban de nosotros. Cuando el bus pasó sobre el puente divisé a lo lejos los focos del estadio regional. Estaban encendidos, pero el pedazo de gradería que se alcanzaba a ver estaba vacío. Vacío. Es decir; no había nadie en el estadio. Consulté la hora en mi celular. Vi la hora y guardé el celular sin percatarme en realidad de qué hora era. El bus iba casi tan vacío como lo estaba el estadio. Dos personas adelante. Tres personas al medio. Yo al final, en el último asiento de la fila, y ella a mi lado, leyendo un libro de Kropotkin.

Cerré los ojos. Volví a abrirlos un minuto después, cuando el bus se detuvo. Estábamos en el paradero de la cárcel el Manzano. Se subieron tres personas, una mujer adulta, un anciano y un niño. Creo que los tres andaban juntos. Volví a cerrar los ojos y traté de imaginarme a esas tres personas en la cárcel, visitando a un pariente preso. Tal vez el padre de aquel niño, el esposo de aquella mujer adulta, el hijo de aquel anciano. Luego me imaginé tocando el seno izquierdo de la mujer que iba a mi lado. Luego su vagina. Cuando la intentaba besar ella ponía el libro que iba leyendo entre su boca y la mía, y yo terminaba besando el libro. Volví a abrir los ojos. La mujer que iba a mi lado me estaba observando. Noté su mirada de reojo. No. En realidad no la noté, la sentí. ¿Puedes abrir la ventana? Me preguntó. Puedo, le respondí. Pero no lo hice. Me quedé tan quieto como había estado todo el tiempo. Ella se levantó, acercó su cuerpo a la ventana y estiró el brazo para intentar abrirla. No pudo hacerlo. Al echarse hacia adelante su trasero había quedado justo en mi cara, y se movía sensualmente cada vez que hacía fuerzas para abrir la ventana. Me quedé mirando su trasero como si estuviera hipnotizado. Era perfecto. Medianamente grande, redondo, apretado. ¿Vas a ayudarme o no? me preguntó de pronto. Claramente me había sorprendido mirando sus atributos, pero no pareció importarle. Sí, le respondí. Perdón.

Ella volvió a sentarse y yo estiré el brazo para alcanzar la manilla de la ventana. Luego de cinco segundos haciendo fuerza la ventana se abrió. Si no se hubiera abierto me hubiera sentido muy avergonzado. Pero me sentía avergonzado de todos modos por lo extraño de mi comportamiento. Ella no reparó demasiado en eso. Una vez abierta la ventana no hizo más que decirme: gracias, tenía mucho calor, y volvió a tomar el libro de Pedro Kropotkin para continuar leyendo.

¿Qué estás leyendo? Le pregunté. Ya me sentía en confianza. Ella me había hablado. Yo tenía derecho a hablarle también. Un libro sobre el comunismo libertario, me respondió. De Kropotkin. En realidad yo ya sabía qué libro estaba leyendo, pero fue lo único que se me ocurrió para comenzar a hablarle.  ¿Te gusta leer? Le pregunté. Un poco, me respondió. Más que nada ensayos, pero novelas también. La poesía no me gusta. Detesto a los poetas. Yo también, le dije. ¿También detestas a los poetas? Me preguntó ella. Sí. Yo prefiero los cuentos. ¿Has leído a Borges?, le pregunté. Todos han leído a Borges, me respondió. ¿Crees en los laberintos? ¿Qué clase de pregunta es esa?

No supe qué responderle, así que me encogí de hombros. Ella sonrió tímidamente y luego volvió a fijar su vista en el libro. Nunca había conocido a una mujer que se viera tan hermosa mientras leía. Aquello era mejor que su trasero, o sus senos, o su vagina, o su boca. Aquello era música. Respiré hondo, y al hacerlo sentí su olor llenando todos los espacios de mi cuerpo. Más música. Quise llorar, llorar sin tregua sobre su hombro, pero eso sin duda la hubiera asustado. Preferí apartar la mirada. Ya la había mirado lo suficiente. Hubiera podido dibujarla de memoria. Bastaba con escuchar la música; si no dejaba de escuchar la música podía hacer lo que yo quisiera.

Volví a cerrar los ojos.  Me puse a meditar sobre el hecho de estar viajando de Concepción a Tomé. En cierto modo me aliviaba ser consciente de que las luces de Concepción se alejaban de mí, o que yo me estaba alejando de ellas. Siempre odié las ciudades grandes. Pero Tomé tampoco era el paraíso. Lo perfecto para mí hubiera sido el campo. Sacar frutos de los árboles, arar la tierra, cuidar animales, ese tipo de cosas. Cosas que en Tomé no podía hacer, por lo menos en el área urbana, que era donde yo vivía. El patio de mi casa era tan pequeño que no alcanzaba a plantar ni un árbol de duraznos. Además vivía rodeado de gente a la que no conocía. Me incomodaba salir a la calle y pasar por al lado de mis vecinos. A veces ellos me quedaban mirando con la intención saludarme, pero yo agachaba la cabeza y seguía de largo.

Ella parecía entenderme. Cuando pensé en ella volví a abrir los ojos. El bus iba pasando por afuera de la cárcel El Manzano. ¿Eres de Tomé? Me preguntó. No. Soy del campo, le respondí. Cerró el libro y lo guardó en un pequeño bolso que andaba trayendo. Echó su espalda  hacia atrás y  acomodó sus piernas sobre el asiento. Con su mano izquierda, sorpresivamente, comenzó sobar mi espalda. Yo también soy del campo, me dijo. ¿De qué parte? Le pregunté. Un poco antes de Rafael. Pero durante la semana me quedo en Tomé, en la casa de un amigo. ¿Y tú? La verdad es que no soy del campo. Vivo en el centro de Tomé, frente a la plaza. Pero me encantaría vivir en el campo. Ya me lo imaginaba. No tienes cara de ser del campo. Tu tampoco. ¿De qué tengo cara? Pensé que eras de Concepción. Trabajo en Concepción. Trabajo en una librería.  Yo estoy estudiando. ¿Qué estudias? Cine. ¿Piensas  hacer películas? Creo que sí. ¿Sobre qué harías tu primera película? Haría un cortometraje. De un joven que va en un bus, de Concepción a Tomé, sentando al lado de una chica que lee. Él intenta hablarle. Quiere conocerla. Le pregunta qué está leyendo. Ella lo toma más o menos en cuenta. Después de un rato, es ella quien vuelve a hablarle. Sería un buen cortometraje. ¿Qué canción pondrías de fondo? No lo sé. ¿Qué canción pondrías tú? Me gusta Charly García. Ojos de videotape podría ser. Nunca la he escuchado.  Deberías hacerlo. Debería. Me gustaría actuar en tu película. ¿Eres actriz? A veces.  Me encantaría que actuaras en mi película. Ojalá en todas mis películas. ¿Piensas hacer muchas? Las que pueda. ¿Quieres escuchar la canción de Charly García? Bueno.

En realidad sólo quería escucharla a ella, pero no me atrevía a decírselo. Ella sacó de su bolso un mp3 y me pasó uno de los audífonos. Buscó la canción con los botoncitos del aparato entre un sinfín de carpetas con nombres de varios grupos y artistas, algunos que yo conocía y otros que no. Dio por fin con la canción y apretó play. No dijimos nada durante el tiempo que duró la canción.

Cuando la canción se detuvo el bus también lo hizo. Estábamos en el paradero de la cárcel El Manzano. Se subieron varias personas, entre ellas dos monjas que vinieron a sentarse junto a nosotros, al lado de ella. Una de las monjas, al parecer la de mayor edad, llevaba en su mano izquierda un espejo redondo, y lo sostenía frente a ella todo el tiempo. Al principio lo usaba para comunicarse con la otra monja. Cuando hablaba ella se reflejaba ella, y cuando hablaba la otra, lo movía para que la imagen de su compañera apareciera en el espejo. Luego noté que comenzó a mirarnos a nosotros a través del objeto. Ella y yo estábamos callados, mirando hacia el frente. Aún teníamos los audífonos en las orejas. Me saqué el mío y se lo devolví. Lo de la monja y el espejo comenzó a incomodarme un poco, así que llevé mi mirada hacia la ventana y no la despegué de ahí en un buen rato.

Íbamos pasando por afuera de la cárcel El manzano. Recordé de pronto la curiosidad enfermiza que sentía cuando niño por las cárceles; quería saber cómo eran por dentro, hablar con los presos, vivir en una de ellas. Me gustaba imaginar que mi padre cometía algún delito grave, que lo condenaban a cadena perpetua, y que yo me pasaba el resto de la vida haciéndole largas visitas.

Ella también tenía una obsesión con las cárceles; pude notarlo en su mirada, en cómo degustaba las formas geométricas del techo de la cárcel antigua y todos los edificios de la cárcel nueva. Me besó sin pudor alguno. La monja del espejo nos reflejó y yo abrí los ojos para mirarla. Ambos sonreímos, cómplices ahora de un futuro cercano que revelaría las intenciones de todos en el mundo.

Ella se echó hacia atrás y recostó su cabeza en las piernas de la monja más cercana. La monja acercó su mano a la cabeza de ella y comenzó a acariciar su pelo de manera pausada y continua, lo cual parecía excitarla bastante. Tenía los ojos cerrados y cada cierto tiempo abría la boca para emitir unos gemidos casi inaudibles pero intensos. En ese momento me di cuenta de que mi pene se hallaba erecto. Erecto de una forma inaudita. Sentía bombear litros y litros de sangre hacia mi sexo. Toda la sangre de mi cuerpo acumulándose en mi pene. Temí que fuera algo malo, algo fuera de lo normal, pero ella tomó mi mano y logré relajarme. La miré a los ojos. Ven, me dijo. ¿Aquí?, le pregunté. Ella miró a las monjas, y ellas, mirándome a mí, asintieron. Las personas que iban en el bus, que hasta el momento habían sido indiferentes a los gemidos de ella, giraron sus cabezas para ser testigos de la situación. Intenté ignorar sus invasivas miradas. Cerré los ojos y me recosté sobre ella. Quise besarla, pero pronto comencé a sentir que algo me detenía. ¿Qué sucede?, me preguntó al oído. No lo sé, susurré en el suyo.  


Casi  como un impulso inconsciente me puse de pie y apreté el timbre de la puerta trasera del bus. El chofer frenó tan rápido que estuve a punto de caerme. Pero logré mantener el equilibrio. La puerta se abrió y de un salto ya estaba afuera, en la vereda de la calle. Levanté la cabeza. Estaba afuera de la cárcel El manzano. ¡¿Qué sabes de las cárceles?! Me gritó ella desde adentro. Nada, susurré. La puerta se cerró y el bus partió tan rápido como había frenado. 

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