viernes, 19 de enero de 2018

TRAYECTO




Bueno, yo estaba esperando bus en el ante penúltimo paradero de Tomé, en la calle del correo y los bomberos. Me sentía fatigado. Todo el día trabajando en la tienda de las máquinas, desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche. La última micro a Concepción salía a las diez y media. El paradero era la entrada del correo mayor, pero la calle en realidad era la calle de los bomberos. Bueno, yo estaba ahí esperando bus, llegué a las diez veinte, después de haber dejado limpio y cerrado el local. Encendí un cigarro y mientras fumaba llegó el bus. Éste era verde con amarillo. Estaba lleno, sólo algunas personas se bajaron.
La mujer que cobraba la tarifa y entregaba el boleto bajó del bus y ordenó a la gente que hiciera una fila. Ella era una señora de cincuenta, bajita y simpática. Tenía el cabello castaño. Usaba siempre un chaleco azul y un buzo rojo. La reconocí de inmediato. Era la Madre de los buses. De pronto me vio. Yo le hice un gesto de saludo con la mano. Ella sonrió y se acercó a abrazarme.
*Hola, mi amor, me gritó en el oído.
*Hola, le dije yo. Hace tiempo no la veía.
*Cierto, mi amor. Gritó. ¿Va para Concepción?
*Sí, voy hacia allá.
*¿Y tan tarde?, gritó.
*Voy a estudiar.
*Mira, arriba, en la oficina, hay dos personas teniendo sexo.
Miré, efectivamente, en una oficina del correo, en la ventana, vi la sombra en la cortina de dos personas haciendo el amor. Noté que más gente estaba mirando. La madre de los buses volvió a sonreír y se acercó a mi oído.
*¿Es eso importante? Gritó.
*No lo sé, le respondí.
*Suba nomas, mi amor, suba, pase.
Subí al bus. El chofer, marido de la madre, era el padre de los buses, también llamado Aquiles. Era un señor viejo y gordo, muy amable y risueño. Me sonrió al verme subir.
Observé el panorama. Había seis mesas con cuatro asientos cada una. En algunas mesas se hacían apuestas, y en otras, se discutían temas al azar. Había mucha gente alrededor de las mesas, observando lo que en ellas sucedía. En la primera divisé al amigo Juárez. Él también me vio, y me hizo un gesto para que me acercara. Todos en la mesa me miraron y guardaron silencio.
*Este es mi amigo, Juan el horrible, el niño que encontró el dinosaurio, me presentó el amigo Juárez. Todos me sonrieron. Algunos dijeron hola, Juan el horrible. Yo hice una reverencia.
*Hola a todos, dije.
*¿Por qué viajas a esta hora a Concepción? Me preguntó el amigo Juárez.
*Voy a estudiar, respondí.
*¿Y qué estudias, Juan el horrible?
*Biología, amigo Juárez.
*Mira, precisamente estábamos discutiendo sobre un tema que puede interesarte. Se trata de las babosas.
*¿Qué hay sobre las babosas? Le pregunté.
*Mira, ven, siéntate.
La persona que estaba a la derecha del amigo Juárez se puso de pie y me cedió el asiento.
*¿Tú crees que está bien comer babosas, Juan el horrible? Me preguntó.
*No lo sé, le respondí. Nunca me lo había preguntado.
*Daniel aquí, me indicó a un joven rubio sentado al frente, dice que comer babosas es un acto de barbarie. Asentí. Y Esteban, indicó a un hombre canoso y ya maduro sentado a su izquierda, dice que comer babosas es un acto divino. ¿Qué dices tú? ¿Quién tiene la razón?
Pues yo creo que comer nunca será un acto de barbarie.
*Entonces Esteban tiene la razón.
*No, no creo que sea un acto divino.
*¿Qué crees entonces, Juan el horrible?
*Nunca he comido una babosa, la verdad.
*Deberías hacerlo, Juan el horrible.
*Sí, dijo Esteban, deberías hacerlo. Te darías cuenta de que es un acto divino.
Dieron las diez y media. La madre de los buses subió al bus y éste partió rumbo a Concepción. El amigo Juárez se puso a hablar sobre un cuento que había escrito. Se llamaba Los liberadores. Trataba sobre un grupo de personas, rehenes en un edificio en medio del mar. Encerrados en una sala oscura, sólo con una ventana al frente, por donde veían el mar y el cielo, eran torturados constantemente por sus captores, siendo sobre todo azotados, para que mantuvieran siempre la vista al frente, en la ventana. Un día los rehenes ven una nave acercarse al edificio y creen que por fin serían salvados. Los tripulantes de la nave rompen el vidrio de la ventana y saltan a la batalla contra los captores, derrotándolos en un santiamén. Los rehenes abrazan y vitorean a sus liberadores. Ellos los conducen por pasillos y puertas del edificio, hasta llegar a una sala exactamente igual a la anterior, con una ventana al frente por donde se ve el mar y el cielo. Entonces los liberadores sacan sus látigos y comienzan a azotar a sus nuevos rehenes.
*¿Qué piensan? Preguntó el amigo Juárez cuando terminó de contar la trama de su cuento.
*No me gusta, dijo Daniel.
*A mí me encanta, dijo Esteban.
*¿Y tú qué opinas, Juan el horrible? Me preguntó.
*Está bien, le respondí. Me gusta.
*Qué bueno que te haya gustado, Juan el horrible. Cualquier día lo imprimiré y te lo pasaré para que lo leas, ¿qué dices?
*Claro, yo lo leeré encantado.
*Excelente, excelente, Juan el horrible. ¿Qué dices, Daniel? ¿Qué piensas de Juan?
*Es un poco extraño. Parece un poco ido.
*Y tú, Esteban.
*Yo lo veo un joven apuesto, amable y humilde.
*Juan el horrible, tenemos un problema. Los de la última mesa son nuestros enemigos. ¿los ves?
*Miré hacia el fondo, a la última mesa. Eran personas que yo no conocía, pero de inmediato sentí desconfianza.
*¿Quiénes son? Le pregunté al amigo Juárez.
*Les llaman la familia Láctea. Daniel dice que es mejor no meterse con ellos. Bueno, ciertamente, son gente muy oscura. Pero Esteban y yo decimos que sí hay que hacerlo. Somos dos contra uno.
*¿Y qué harán?
*Queremos que vayas a su mesa, Juan el horrible, veas lo que sucede y luego vuelvas y nos cuentes. ¿Puedes hacerlo?
*Supongo que sí.
*Muy bien, Juan el horrible. Ve, nosotros esperaremos aquí discutiendo sobre alguna otra cosa.
Me levanté del asiento y caminé hasta la mesa del fondo. Algunas personas de las otras mesas me miraron al pasar. Una que otra cara me era conocida, pero no saludé a nadie. Seguí mi camino y llegué a la mesa de la familia Láctea. Estaba el padre, un hombre de unos cincuenta años, pelo canoso, robusto y bien vestido. La madre, a su derecha, era una mujer muy alta y muy rubia. Usaba demasiado maquillaje, y ropas estrafalarias. A su izquierda, el hijo mayor, de unos treinta años, parecido a su madre, pero robusto como su padre. Frente al padre, la hija menor, de veintitantos, usaba lentes y una falda con flores oscuras. Tenía el pelo liso y muy largo, constantemente se peinaba con la mano derecha. Ella fue la primera en fijarse en mí. Me sonrió dulcemente.
*Hola, me dijo.
*Hola, le dije.
*¿Quieres sentarte? Me preguntó el padre de la familia Láctea.
*No lo creo, le respondí. No estaré mucho rato.
*¿Cómo te llamas?
*Juan. Juan el horrible.
*Siéntate, Juan el horrible, come con nosotros.
La madre de la familia Láctea se puso de pie y desapareció tras una cortina al fondo del bus. Me acerqué y me senté junto a ellos. Un camarero sirvió la comida; arroz primavera y carne de cerdo. Tenía mucha hambre. Rápidamente engullí el plato que acababan de servirme.
*Estaba conversando con mi familia sobre una cosa que escuchamos. Verás, todos en la ciudad dicen que somos una familia oscura. Yo, sin querer sonar vanidoso, me considero una buena persona. Pago mis cuentas, no me meto en problemas. Me he esforzado y ahora tengo una empresa y una buena casa. Mi hijo, sin embargo, dice que debemos venderlo todo e irnos al campo, ojalá a otro país, al campo de otro país, quizás a Italia. Mi hija, en cambio, me dice que debo continuar con la empresa, y que a ella le gustaría un día heredarla. ¿Qué crees tú que debemos hacer?
Iba a responder, pero la madre asomó la cabeza y llamó a sus hijos. Ellos se levantaron y acudieron al llamado de su progenitora.
*Así es la vida, me dijo el padre. En realidad, no importa. Cada uno sabe como hace sus cosas, ¿no crees?
*Claro que sí.
*Bueno, me gusta la honestidad, ¿a ti?
*Sí, me gusta también, creo que es fundamental.
*La gente ya no es honesta, Juan el horrible, y eso es muy triste ¿no crees?
*Sí, sí lo creo, definitivamente.
La madre volvió a asomar la cabeza, pero esta vez fue a mí a quien llamó. Miré al padre, el asintió y dijo que fuera.
*Después seguiremos conversando, Juan el horrible, me dijo.
Tras la cortina había una habitación, y en ella, nada más que una cama de una plaza, con un cubrecama negro y cojines del mismo color. Al lado derecho de la cama se encontraba el hijo, y la hija al lado izquierdo. Ambos estaban de pie, desnudos, mirando hacia mí con una expresión vacía en la mirada. La madre me tomó del brazo y me hizo avanzar unos pasos hacia sus hijos. Yo la miré atemorizado.
*¿No? Me preguntó.
*No, le respondí. Y solté mi brazo de su mano.
Los hijos se pusieron su ropa y volvieron a la mesa. La madre me hizo una seña para que me acercara.
*Ahora verás. Me dijo al oído.
Comenzó a empujar la cama hacia un costado y luego de unos segundos logró moverla lo suficiente como para dejar ver la puerta que había debajo, en el suelo. Abrió la puerta y me invitó a que me asomara. Lo que había ahí me dejó sin aliento. Era un niño de unos diez años, estaba desnutrido y sólo cubría su cuerpo con una manta sucia y raída. Su rostro era diabólico. Me miró y comenzó a hacer muecas extrañas y a emitir gruñidos, como si estuviera intentando decir algo, como si estuviera intentando maldecirme.
No quise seguir contemplando más aquella escena. Me di media vuelta y sin decir nada salí de la habitación donde me encontraba. Ni siquiera le dirigí palabra alguna al padre ni los hijos de la familia Láctea, simplemente caminé hasta llegar a la primera mesa.
¿Y bien? Me preguntó el amigo Juárez al verme llegar.
Pero justo el bus estaba deteniéndose en mi paradero de destino.
*Hoy no podré contarte, amigo Juárez, le dije.
*No importa, Juan el horrible, ya me contarás otro día. 
El bus se detuvo, me despedí del padre y la madre de los buses y bajé. Estaba oscuro y poca gente transitaba por la calle. Caminé hacia la universidad. 

sábado, 23 de diciembre de 2017

Para el hombre mitológico



Hombre mitológico;
no creas que la guerra ha sido contra ustedes
la madre adoptiva también lo sabe
la guerra es personal y eso debe respetarse
no se puede confundir
el humor que nos atraviesa la mente
con la bala que atraviesa el cuerpo
o la palabra que atraviesa el espíritu

por eso me levanto del sillón de la comodidad
donde suelo dormir muchas horas
hasta que me despiertas
hombre mitológico
o tú, madre adoptiva
con la violencia que te caracteriza
y sin la cual el gran hogar ya estaría hundido
en el mar donde navegan muertos
los más hermosos y antiguos hogares

hombre mitológico
radicalice mi acción porque tú
me enseñaste a orar con una piedra en la mano
lánzala a quien quieras me dijiste
esa piedra será como tu palabra
cuando ya no sirvan más las palabras
y este mundo se caiga a pedazos

yo te observo y creo que tu mitología es tangible
me abrazo a tu cuello y comprendo que tú eres mi padre
que has copulado con la madre adoptiva
y yo he nacido
al son de las campanas
al amparo de los grandes ejércitos de la memoria
donde cabalgo ahora sobre mi caballo místico
o un obsceno pájaro que en la noche
me agarra de los testículos
y sobre él vuelo a todas partes
donde lo permitan las distancias
que me he impuesto como límites
de mi propia geografía

jueves, 7 de diciembre de 2017

Jueves Siete de Diciembre

tú sabes como yo que cada día es atar cabos sueltos
cables que van y vienen con la energía
de miles de orgasmos
desesperados,
atravesando las casas y sus propios circuitos depredadores
antaño campos descampados
ahora supermercados y ofertas
donde recuperamos algo de la dignidad que nos usurparon
ingenuos y nostálgicos.
aunque no es nada
más es el beso en medio de una barricada
o el grito de la impotencia en el no entendimiento
cuando en el fondo entiendes cada gesto y movimiento
propio y de aquel que se refleja en tu pupila
que soy yo que es otro también y que eres tú
siendo en ti infinita
completa
la perfección de la que hablo tiene tantos errores
es también la energía y el circuito interminable
las ruinas y tus fotos
y tus ideas que germinan como la flor más pura
como la emulsión en una tela vieja
amo tus ojos de sorpresa cuando admiras
cuando eres ruido y trueno
y también cuando eres tumba
cuando eres buena
cuando asesinas y torturas
cuando todo se derrumba y tu bailas indiferente
¡los débiles no conocerán tu fiereza
y los fuertes jamás merecerán tu dulzura!
yo hablo de los cables que nos atan
y de los que atan el mundo
porque te oí y mi sordera se hizo ausente
y mi ceguera abrió los ojos
para mí también es sorpresa todo esto y lo sabes
mis ojos de niño contemplan tu cuerpo de cuadro renacentista
y renazco en él cada vez
que somos uno
digo el abrazo el beso la caricia
toda la energía a través de nuestro propio circuito
devorándonos
devorándonos
amor
en tu silencio duerme mi tormenta
mi luz despierta en tu sonido

martes, 3 de octubre de 2017

CAUTIVERIO




No podíamos abrir la boca en ningún momento; hacerlo significaba un latigazo más en nuestra espalda. Yo ya había recibido demasiados. De noche, no podía dormir por culpa del dolor, y lo mismo sucedía con todos. Nos mirábamos entre nosotros. Eso era lo más fuerte. Mirar al que estaba a tu lado, ver su cara de dolor y no poder hacer nada, y saber además que a él le sucedía lo mismo cuando te miraba. Me compadecía de todos los que estaban allí conmigo, pero aún más de mí. Si hubiese podido salvarme solo, sin duda lo hubiera hecho. Pero ni siquiera existía esa posibilidad.

Había una ventana frente a nosotros. A través de ella no veíamos nada más que el cielo. Unos días estaba nublado, otros salía sol. Incluso contemplamos una tormenta. Los rayos que caían cada cierto tiempo iluminaban toda la habitación. Aprovechaba esos instantes para mirar a mis compañeros. Algunos lloraban desconsolados, gritaban y llamaban a sus madres, imploraban que por favor alguien los salvara, que por favor los dejaran ir, que no habían hecho nada. Otros, consumidos ya por la locura, reían a carcajadas, mostrando los dientes podridos y abriendo al máximo los ojos, tanto, que daba la impresión que sus globos oculares de pronto saltarían y rodarían por el suelo. Pero los más estábamos callados, siempre callados, sin inmutarnos, tratando de no demostrar nada, esperando. Era demasiada la tentación de mirar hacia atrás, pero eso tampoco podíamos hacerlo. O mirábamos al suelo o a la ventana, o mejor cerrábamos los ojos y tratábamos de dormir. Rara vez lo lograba. Y si me dormía, despertaba a los pocos minutos por el sonido estrepitoso de un latigazo en la espalda de algún compañero.

Un día, por la ventana, vimos pasar una nave. Era plateada y tenía luces de colores cálidos que se movían y al mezclarse formaban figuras. Esas figuras son un código, oí que alguien susurraba. Pero aunque lo fuera, la nave pasó y no la volvimos a ver. A los pocos minutos oímos una voz a nuestras espaldas diciendo que la nave había caído, que ellos la habían derribado. Nuestras esperanzas desaparecían a medida que pasaban los minutos, las horas, los días. La angustia, en cambio, crecía cada vez más.

Mirar por la ventana era nuestra única distracción. Pero a la larga terminaba siendo la peor tortura. Lo único que nos quedaba era contemplar el cielo, la libertad que nunca recuperaríamos, el mundo que se extendía allá afuera, tan cerca pero a la vez tan lejos de nosotros. Yo intentaba imaginarme cosas para no caer en la desesperación. Imaginaba que una luz aparecía de entre las nubes, atravesaba la ventana y nos iluminaba, y que luego una voz decía; son libres, levántese y vayan. Y que al hacerlo y por fin darnos vuelta, veíamos a nuestros captores muertos en el suelo, sangrando, decapitados, desmembrados. A veces me dormía y soñaba con ello. Después despertaba y una sensación de desolación se apoderaba de mí. Deseaba morir. Pensaba en darme vuelta e insultarlos, para que me dieran muerte y así poder descansar al fin. Pero no me atrevía. Volvía a mirar por la ventana. Ver el cielo hacía que me aferrara a esa pequeña esperanza que aún habitaba en mi interior. Vendrán a salvarnos, pensaba a veces. Pero pasaba el tiempo y seguíamos allí.  Se olvidaron de nosotros, susurró alguien a mi lado. Era casi una certeza. Se habían olvidado de nosotros.

Hasta que un día sucedió lo que todos esperábamos. Aparecieron al amanecer, con los primeros rayos del sol. Los vimos venir desde el cielo y comenzamos a temblar de emoción. Entonces comenzaron los latigazos. A medida que ellos se acercaban nuestros captores nos propinaban latigazos cada vez más fuertes y más seguidos. Pero no nos importaba. Ni siquiera sentíamos dolor. La felicidad de saber que íbamos a ser rescatados hacía que cualquier otra cosa pasara a segundo plano.

Ya sin miedo alguno, nos levantamos. Corrimos hacia la ventana y nos apretamos contra ella, lanzando gritos de auxilio, moviendo nuestras manos para hacerles señas, mirándonos entre nosotros y sonriendo como nunca antes lo habíamos hecho. Ellos no tardaron en llegar hasta el lugar de nuestro cautiverio. Hicieron trizas el vidrio, pusieron ramplas desde sus naves hasta el alfeizar de la ventana y cruzaron. Nuestros captores, al verse superados en número, huyeron atemorizados. Estábamos salvados. Nos arrodillamos ante nuestros salvadores y agachamos la cabeza.


Ni siquiera podía recordar cuánto tiempo habíamos estado encerrados en aquel lugar. Pero eso qué importaba ahora. La adrenalina corría por mi cuerpo. Hubiera saltado por la ventana de ser necesario. Nuestros salvadores nos sonrieron y nos acariciaron. Poco a poco nos fuimos tranquilizando. Comencé a pensar en todo lo que haría cuando regresara al mundo exterior, una vez recobrada mi libertad. Las posibilidades eran infinitas. Tenía la oportunidad de empezar de nuevo, de olvidar todo lo que había sucedido. Nos encaminamos hacia la puerta de la sala. Nuestros salvadores dirigían la travesía. El líder se acercó a la puerta y la abrió. Sonriendo, nos invitó a atravesarla. Por fin éramos libres, sólo había que traspasar el umbral. Cerré los ojos y caminé. Esperaba sentir el viento, la brisa del mar, los distintos sonidos del mundo, pero nada. Abrí los ojos y me encontré en una sala igual a la anterior. Frente a mí había una ventana. De pronto el sonido de un latigazo resonó en mis oídos. Lo comprendí de inmediato. Me arrodillé, cerré los ojos y me puse a llorar. 

viernes, 29 de septiembre de 2017

Nostalgia del futuro

estoy aquí de paso
siento nostalgia del futuro
construyo recuerdos
para llorarlos un dia
mirando hacia el mar
por la ventana de un tren abandonado
fumando un cigarro barato
leyendo los poemas que escribo ahora
para la futura muerta de mi ojos
para la mujer del presente definitivo

construyo una imagen en mi memoria
las luces de la panoramica frente al rio imaginado
mirando la superficie del agua
que es un portal hacia el abismo
y la llave son los labios
de la mujer de los sueños efímeros

parecen los dias 
una suseción de transitos sin rumbo
en los años de mi infancia 
senti la nostalgia de este ahora
aqui estoy soñando
soñandome
entrelazando el sentido y la paranoia
deshaciendome en las calles 
brazo a brazo
pierna a pierna
musculo por músculo
hasta mis órganos reptiles
los que lloran por la nostalgia
del futuro de la sangre
y se arrastran hacia la luz
hacia el ocaso 
hacia las paginas rotas
de los ultimos libros 
las ultimas historias
de amor 
que leeran nuestros ojos
antes de la gran frivolidad
la ceguera universal
la infamia del sentimiento