martes, 3 de octubre de 2017

CAUTIVERIO




No podíamos abrir la boca en ningún momento; hacerlo significaba un latigazo más en nuestra espalda. Yo ya había recibido demasiados. De noche, no podía dormir por culpa del dolor, y lo mismo sucedía con todos. Nos mirábamos entre nosotros. Eso era lo más fuerte. Mirar al que estaba a tu lado, ver su cara de dolor y no poder hacer nada, y saber además que a él le sucedía lo mismo cuando te miraba. Me compadecía de todos los que estaban allí conmigo, pero aún más de mí. Si hubiese podido salvarme solo, sin duda lo hubiera hecho. Pero ni siquiera existía esa posibilidad.

Había una ventana frente a nosotros. A través de ella no veíamos nada más que el cielo. Unos días estaba nublado, otros salía sol. Incluso contemplamos una tormenta. Los rayos que caían cada cierto tiempo iluminaban toda la habitación. Aprovechaba esos instantes para mirar a mis compañeros. Algunos lloraban desconsolados, gritaban y llamaban a sus madres, imploraban que por favor alguien los salvara, que por favor los dejaran ir, que no habían hecho nada. Otros, consumidos ya por la locura, reían a carcajadas, mostrando los dientes podridos y abriendo al máximo los ojos, tanto, que daba la impresión que sus globos oculares de pronto saltarían y rodarían por el suelo. Pero los más estábamos callados, siempre callados, sin inmutarnos, tratando de no demostrar nada, esperando. Era demasiada la tentación de mirar hacia atrás, pero eso tampoco podíamos hacerlo. O mirábamos al suelo o a la ventana, o mejor cerrábamos los ojos y tratábamos de dormir. Rara vez lo lograba. Y si me dormía, despertaba a los pocos minutos por el sonido estrepitoso de un latigazo en la espalda de algún compañero.

Un día, por la ventana, vimos pasar una nave. Era plateada y tenía luces de colores cálidos que se movían y al mezclarse formaban figuras. Esas figuras son un código, oí que alguien susurraba. Pero aunque lo fuera, la nave pasó y no la volvimos a ver. A los pocos minutos oímos una voz a nuestras espaldas diciendo que la nave había caído, que ellos la habían derribado. Nuestras esperanzas desaparecían a medida que pasaban los minutos, las horas, los días. La angustia, en cambio, crecía cada vez más.

Mirar por la ventana era nuestra única distracción. Pero a la larga terminaba siendo la peor tortura. Lo único que nos quedaba era contemplar el cielo, la libertad que nunca recuperaríamos, el mundo que se extendía allá afuera, tan cerca pero a la vez tan lejos de nosotros. Yo intentaba imaginarme cosas para no caer en la desesperación. Imaginaba que una luz aparecía de entre las nubes, atravesaba la ventana y nos iluminaba, y que luego una voz decía; son libres, levántese y vayan. Y que al hacerlo y por fin darnos vuelta, veíamos a nuestros captores muertos en el suelo, sangrando, decapitados, desmembrados. A veces me dormía y soñaba con ello. Después despertaba y una sensación de desolación se apoderaba de mí. Deseaba morir. Pensaba en darme vuelta e insultarlos, para que me dieran muerte y así poder descansar al fin. Pero no me atrevía. Volvía a mirar por la ventana. Ver el cielo hacía que me aferrara a esa pequeña esperanza que aún habitaba en mi interior. Vendrán a salvarnos, pensaba a veces. Pero pasaba el tiempo y seguíamos allí.  Se olvidaron de nosotros, susurró alguien a mi lado. Era casi una certeza. Se habían olvidado de nosotros.

Hasta que un día sucedió lo que todos esperábamos. Aparecieron al amanecer, con los primeros rayos del sol. Los vimos venir desde el cielo y comenzamos a temblar de emoción. Entonces comenzaron los latigazos. A medida que ellos se acercaban nuestros captores nos propinaban latigazos cada vez más fuertes y más seguidos. Pero no nos importaba. Ni siquiera sentíamos dolor. La felicidad de saber que íbamos a ser rescatados hacía que cualquier otra cosa pasara a segundo plano.

Ya sin miedo alguno, nos levantamos. Corrimos hacia la ventana y nos apretamos contra ella, lanzando gritos de auxilio, moviendo nuestras manos para hacerles señas, mirándonos entre nosotros y sonriendo como nunca antes lo habíamos hecho. Ellos no tardaron en llegar hasta el lugar de nuestro cautiverio. Hicieron trizas el vidrio, pusieron ramplas desde sus naves hasta el alfeizar de la ventana y cruzaron. Nuestros captores, al verse superados en número, huyeron atemorizados. Estábamos salvados. Nos arrodillamos ante nuestros salvadores y agachamos la cabeza.


Ni siquiera podía recordar cuánto tiempo habíamos estado encerrados en aquel lugar. Pero eso qué importaba ahora. La adrenalina corría por mi cuerpo. Hubiera saltado por la ventana de ser necesario. Nuestros salvadores nos sonrieron y nos acariciaron. Poco a poco nos fuimos tranquilizando. Comencé a pensar en todo lo que haría cuando regresara al mundo exterior, una vez recobrada mi libertad. Las posibilidades eran infinitas. Tenía la oportunidad de empezar de nuevo, de olvidar todo lo que había sucedido. Nos encaminamos hacia la puerta de la sala. Nuestros salvadores dirigían la travesía. El líder se acercó a la puerta y la abrió. Sonriendo, nos invitó a atravesarla. Por fin éramos libres, sólo había que traspasar el umbral. Cerré los ojos y caminé. Esperaba sentir el viento, la brisa del mar, los distintos sonidos del mundo, pero nada. Abrí los ojos y me encontré en una sala igual a la anterior. Frente a mí había una ventana. De pronto el sonido de un latigazo resonó en mis oídos. Lo comprendí de inmediato. Me arrodillé, cerré los ojos y me puse a llorar. 

viernes, 29 de septiembre de 2017

Nostalgia del futuro

estoy aquí de paso
siento nostalgia del futuro
construyo recuerdos
para llorarlos un dia
mirando hacia el mar
por la ventana de un tren abandonado
fumando un cigarro barato
leyendo los poemas que escribo ahora
para la futura muerta de mi ojos
para la mujer del presente definitivo

construyo una imagen en mi memoria
las luces de la panoramica frente al rio imaginado
mirando la superficie del agua
que es un portal hacia el abismo
y la llave son los labios
de la mujer de los sueños efímeros

parecen los dias 
una suseción de transitos sin rumbo
en los años de mi infancia 
senti la nostalgia de este ahora
aqui estoy soñando
soñandome
entrelazando el sentido y la paranoia
deshaciendome en las calles 
brazo a brazo
pierna a pierna
musculo por músculo
hasta mis órganos reptiles
los que lloran por la nostalgia
del futuro de la sangre
y se arrastran hacia la luz
hacia el ocaso 
hacia las paginas rotas
de los ultimos libros 
las ultimas historias
de amor 
que leeran nuestros ojos
antes de la gran frivolidad
la ceguera universal
la infamia del sentimiento

domingo, 6 de agosto de 2017

La posibilidad de una babosa


Salí de mi casa con una babosa en el bolsillo. Ese mismo día en la mañana la había recogido de la huerta de mi patio. La llevaba en un frasco de vidrio, para no aplastarla. Antes de salir mi madre me preguntó si ya había almorzado. Le dije que no, que almorzaría en otro lado. Me dio la bendición y me dejó marcharme. Ella no sabía que yo llevaba una babosa en el bolsillo. De haber estado en conocimiento de tal hecho, lo más seguro es que hubiera puesto reparos a mi intención de salir de casa. A mi padre poco le importaba. Él tampoco sabía lo que yo tenía en el bolsillo. Mi hermano y mi abuela, por otro lado, no se encontraban en el interior de nuestra casa. Estaban en el patio regando las plantas. Antes de salir me fijé en la hora que indicaba el reloj de la cocina. Eran las once de la noche.  Volvió mi madre y me dijo que me abrigara. Traía una chaqueta en sus manos. Era una chaqueta verde con rayas negras, tres veces mi talla. La miré dubitativo.
Está bien, le dije.
Afuera hace frío, me dijo ella.
Miré a mi padre. Asintió. Tenía los ojos cerrados, pero había escuchado todo. Estaba recostado en el sillón con el televisor prendido.
Sí, dijo, hace frío.
Podrías prender la estufa, le dijo mi madre.
Iré a buscar leña, respondió.
Se puso de pie y salió de la casa.
¡Espera! Le grité, y salí con él.
            Cerré la puerta tras de mí y tanteé mi bolsillo. Ahí seguía el frasco con la babosa en su interior. Suspiré aliviado. Miré a mi padre, que seguía con los ojos cerrados.
¿Por qué no abres los ojos? Le pregunté.
No lo necesito, me respondió. Me sé de memoria los caminos.
Yo también conocía los caminos de memoria, pero temía tropezarme. No sabía que nuevos obstáculos podían presentarse en el camino, aunque fuera el mismo del día anterior y de todos los días. Los caminos a veces cambian, decía mi abuela, a veces se mueven. Un día hay un árbol allí y después lo ves al frente, y la niebla, ¿te has fijado en la niebla? A veces entras por un camino en la niebla y sales en otro, una calle paralela, o pasas de nuevo por donde ya pasaste.
            Caminos juntos un rato, lentamente. Pude darme cuenta de que íbamos exactamente al mismo paso. La pierna izquierda primero, luego la derecha. Así me había enseñado a caminar él muchos años atrás, cuando yo era un niño.
¿Por qué llevas una babosa en el bolsillo? me preguntó mi padre.
La recogí en la mañana, le respondí. De la huerta de nuestro patio. La llevo en un frasco de vidrio.
¿Para no aplastarla?
Claro, le dije, claro, para no aplastarla. No sería bueno aplastar la babosa.
Tú sabes que las cosas no andan bien, me dijo.
            Pensé en ello. A veces lo olvidaba, pero sí, las cosas no iban bien. Ocurría que de pronto el día iba bien, a las cinco de la tarde todo estaba claro. De pronto un olor a miedo se dejaba sentir. Nosotros, sentados a la mesa, conversando trivialidades después de una buena comida, percibíamos ese olor, y callados, nos parábamos de la mesa y cada quién se iba a su habitación.
No sé cómo remediarlo, le dije. Siempre pienso en una forma de remediar las cosas, pero no lo sé, Padre, no lo sé. Quizás debería hacer algo, algo ya.
No importa, no está en tus manos.
            Luego hizo algo que me tomó por sorpresa. Se detuvo y sin previo aviso me dio un abrazo y un beso en la mejilla.
Tú sabes que nunca te traicionaría, me dijo.
            De nuevo estaba ahí ese extraño sentimiento que hace tiempo no sentía. Una mezcla de miedo, dolor y rabia. Aguanté el llanto.
¿Darías la vida por mí?, le pregunté cuando continuamos la marcha.
Un padre debe morir antes que un hijo. Un padre nunca debe enterrar a un hijo. El hijo siempre debe enterrar al padre. Cuando sucede lo contrario, tú sabes.
            Recordé que mi abuela y mi abuelo habían tenido que enterrar a un hijo. Mi tío, el hermano de mi padre. Catorce años iban ya desde aquello.
¿Estamos malditos?, le pregunté.
No todavía, respondió.
¿Cuándo?
No lo sé.
Sin darnos cuenta habíamos llegado a la cancha del barrio. Un equipo de colores rojinegros jugaba contra uno de azul y amarillo.
¿Quién ganará?, le pregunté a mi padre.
El que lance la pelota más alto, me respondió.
Pasada la cancha del barrio estaba el lugar donde nuestros caminos se separaban. Una casa roja rodeada de dos caminos, el que conducía a la ciudad, y el que conducía al bosque. me despedí de mi padre con un abrazo. Ahora nacía de mí el gesto. Entonces él se fue por el bosque a buscar leña para prender la estufa y calentar la casa.
Seguí el camino que llevaba a la ciudad. Un poco más allá estaba el colegio del barrio. Afuera, en la vereda, ensayaba la banda de guerra. Los miré fugazmente. Sus rostros me asustaban, además no los veía bien, estaba oscuro, las luces de los postes no funcionaban hace días. Una vez los hube pasado oí una voz que me llamaba. Me detuve y me volteé a ver quién era el que me llamaba. Hacia mi venía caminando un hombre. Recién cuando estuvo cerca pude verle la cara. Pelo corto y bigote. Era un amigo de mi padre. Pero su nombre no lo recordaba.
Hola, me dijo. Tenía las manos en la espalda, como si estuviera escondiendo algo. Lo miré a los ojos. Él no me miraba. Además, una mueca extraña se dibujaba en su boca, como si no supiera si sonreír o mantenerse serio.
Hola, le dije yo.
¿Cómo estás?
Bien
¿Qué vas a hacer con esa babosa que tienes en el bolsillo?, me preguntó.
La recogí hoy de la huerta de mi patio, le respondí. La llevo en un frasco de vidrio.
¿Como está tu papá? me preguntó.
Bien, le respondí.
Mándale saludos.
            Me di media vuelta y seguí caminando. Un poco más abajo del cerro las lucen si funcionaban. Pude ver las casas a la izquierda de la calle. A la derecha había un barranco. Las casas eran las más grandes de la población, y sus colores eran los más llamativos. Algunas casas parecían castillos medievales.
Al llegar al centro me detuve frente al mercado. En la escalera, un joven vagabundo sostenía una bolsa en sus manos y me miraba fijamente. Tenía el pelo largo y vestía un jean con manchas café y una chaqueta de cuero desteñida.
Oye, me gritó, yo soy de allá de la argentina, de Buenos Aires. ¿Vos de dónde sos?
De aquí, les respondí. De arriba. Del cerro. Si subes por ese camino de allí llegas a una cancha. Pasando la cancha, en la última calle por donde pueden pasar los autos, ahí está mi casa. Es la cuarta. Es roja. En la calle de atrás no pueden pasar autos porque está ya en el barranco de ese lado del cerro y entre las filas de casas hay una huerta grande.
¿Y por qué llevás una babosa en el bolsillo?
Me la pidió un amigo. Lo estoy esperando.
¿Y cómo se llama tu amigo?
No lo recuerdo ahora.
¿Jesús?
Claro. Sí. Jesús.
Ve con dios, me dijo, y llevó la bolsa a su boca. Comenzó a vomitar.
            Sentí un poco de asco al verlo. Las manos del vagabundo se aferraban a la bolsa como si de eso dependiera su vida. Vomitó sin parar durante unos cinco minutos. No le quité la vista, quería verlo vomitar, aunque me diera asco, porque al mismo tiempo sentía cierto placer inexplicable; quería ver como vomitaba un vagabundo. Antes sólo lo había imaginado, pero nunca lo había visto en persona. Fue todo un espectáculo. Me hubiera gustado que mi padre estuviera junto a mí, y toda mi familia. Ellos tal vez no se hubieran sentido muy cómodos en esa situación. Pero para mí era importante. Tantos años esperando ver a un vagabundo vomitando en una bolsa sostenida por sus manos. La espera había valido la pena, me sentía realmente satisfecho.
            Se largó la lluvia. Menos mal yo estaba bajo el techo de la entrada del mercado. Las personas que salían de los supermercados aledaños, sorprendidos por la lluvia, emitían alaridos y corrían en direcciones opuestas, para salvaguardarse del agua. Todos corrieron. De pronto ya no quedaba nadie en la calle. Los supermercados cerraron sus puertas. Algunas personas no alcanzaron a salir, tendrían que pasar la noche adentro de los supermercados. Ese destino igual me asustaba. En realidad, la posibilidad de quedar atrapado en cualquier lugar me daba miedo.
¡Hey! escuché de pronto que alguien gritaba.
            Miré hacia al frente. Allí estaba ella. Le hice señas para que cruzara, y así lo hizo.
¿La tienes? Me preguntó.
Claro, le dije yo. Claro.
            Saqué el frasco de mi bolsillo. Abrí el frasco y saqué la babosa que traía adentro de él. Miré hacia todos lados. No había nadie. Tampoco estaba el vagabundo. Me eché la babosa la boca y la tragué rápidamente, sin dar rodeos ni meditar demasiado lo que estaba haciendo.
Ella sonrío.
Sabía que lo harías, me dijo. En el fondo la vida no es más que determinación, voluntad de hacer las cosas.
Claro, le dije, claro, en el fondo la vida no es más que determinación, voluntad de hacer las cosas.
Me tengo que ir, me dijo, y me dio un beso en la mejilla. Luego me pasó un pequeño saquito amarrado con un pedazo de hilo. En su interior había veinte monedas de oro. 

sábado, 29 de julio de 2017

Construyendo recuerdos






Construyendo recuerdos vívidos, agudos,
Aquí comienza el caos
en la búsqueda de los lugares que nombramos
parte de nuestra cosmogonía
de la tranquilidad de nuestros cuerpos sabiéndose libres
hicimos un árbol defecamos sus ramas
nos hicimos silencio

construyendo recuerdos para llorarlos algún día, 
para estar simplemente
sentado en la escalera del tren fumando un cigarro 
pensando en la sombra del cielo 
su oscuridad cernida arriba nuestro
es la tristeza una palabra usada en todas las páginas
del libro que escribimos entre manos amputadas
el niño que no ha podido quedarse dormido 
me dice
que siente que todo está roto, 
la realidad que ve se divierte haciéndole
bromas a sus ojos 
camino a su lado buscamos un ladrido 
que recordamos
construyendo recuerdos para categorizar su importancia 
en estantes mentales
para ver cuántas lágrimas son necesarias 
para llenar el vaso del dolor
para recordarlos sentados en la escalera 
del tren fumando y fumando
pensando en la sombra del cielo 
en si estaremos un día allí
descansando, al fin, descansando 
de la búsqueda de los lugares
que hicimos parte de nuestra mitología

Somos personajes de un cuento 
o una película le dije
el me entiende y camina conmigo 
y sus ojos lloran como los míos
y nuestros recuerdos se asocian pensamos, 
un día recordaremos esto
vamos a la casa nuestro gran hogar 
donde podemos sentarnos tranquilos
tranquilos tranquilos tranquilos 
tranquilos tranquilos
a conversar sobre una película nueva 
donde nosotros actuamos y sobreactuamos 
o un cuento donde nuestra historia se transforma 
en la trama de otro cuento
o simplemente cabamos una tumba 
para dormir algunas noches
una tumba que diga nuestros nombres 
en letras de barro
aquí yace la idea de la construcción 
de los recuerdos en el instante
haciéndose conscientes los rasgos de los sentidos 
y sus expresiones
es decir la constante amargura de saber 
que todo termina

construyendo recuerdos para algún día 
sacarles el polvo
proyectarlos en una pared blanca 
y reírnos que lo que fuimos y lo que somos
cada paso está grabado en la máquina de la memoria
cada gesto será el gesto definitivo
los finales sucederán entre bombos y platillos
esto es necesario para estar tranquilos, 
sentados en la penumbra de nuestro
gran hogar 
tranquilos
tranquilos
tran
qu
i
los








lunes, 24 de julio de 2017

Juan El Horrible

Me disgusta que la gente se acerque a mí cuando espero bus en el paradero. Me descoloca, me siento nervioso con la proximidad de otro ser humano. Prefiero prender un cigarro y quedarme en un rincón del paradero mirando al suelo, esperando que el bus pase. Pero el bus se demora. Siempre se demora, hay que esperar demasiado para que el bus llegue hasta este paradero. Entonces recuerdo cuando era joven, y mi gran sueño consistía en tener una flota de buses, y no sólo ser dueño sino también chofer de uno de aquellos buses.  Miro la hora a cada momento, porque soy ansioso y no soporto esperar tanto. Cada vez llega más gente al paradero. Hay personas que conozco, pero que no saludo. Vecinas de la población, conocidos del cerro. Todos están fumando un cigarro, con la mirada fija hacia el final de la calle, esperando, como yo, el bus que nos lleve por fin a nuestras casas.
            Caigo en la cuenta de que mi ansiedad se produce porque todos, excepto yo, están fumando un cigarro. Yo no tengo un cigarro para fumar en este momento, iba a comprar cuando saliera del trabajo, pero lo olvidé. Levanto la vista. A lo lejos, al otro lado de la plaza, veo un negocio abierto. Me pregunto si ahí venderán cigarros sueltos. Intento recordar…sí, me acuerdo de que una vez compré cigarros ahí. Emprendo el camino hacia el negocio abierto con dos monedas en la mano. En la plaza están los de siempre. Los saludo tímidamente sin acercarme. He compartido con ellos pero no soy un amigo. Esa banca de la plaza les pertenece a ellos. Rara vez llego a esa banca. Y si llego siempre me siento ajeno. Y si llego es porque soy amigo esporádico de alguien del grupo. Entonces sólo los saludo y sigo mi camino. Mi objetivo primordial es ese negocio, el único abierto. No, en realidad el objetivo primordial es comprar el cigarro. O tomar el bus, por más que se demore, debo tomar ese bus, es el último que pasa, y luego nada, a dormir en la calle. Nunca he dormido en la calle. La noche en la calle me asusta. Antes era todo tranquilo pero ahora está lleno de gárgolas. En la noche la ciudad es una ciudad de gárgolas.
            Compro dos cigarros de cien. Son de esos malos, pero no importa. En materia de cigarros, cantidad antes de calidad. Al fin y al cabo el cigarro es para calmar la angustia de la espera. Salgo a la calle y prendo uno, el otro lo guardo en un bolsillo. Mientras fumo observo la plaza de forma panorámica y a la gente que pasa frente a mí. A veces, por casualidad, los miro a los ojos y rápidamente agacho la mirada, o miro hacia otro lado.  
La plaza antes tenía otra forma, cuando yo era niño. Y antes tuvo también una forma distinta, cuando eran niños mis padres, mis abuelos y todos los antepasados que caminaron por la plaza. La he visto en fotos, pero éstas siempre son en blanco y negro, y parece que todo hubiese sido gris. Ahora la vida es mucho más gris que antes, y en las fotos modernas parece que viviésemos entre colores. Yo me imagino una plaza redonda, con todas las bancas en la orilla mirando hacia el centro, y en el centro una pileta, y junto a pileta, un escenario. Pero en esta ciudad todo es cuadrado.
            De vuelta por la plaza me encuentro con Juan El Horrible. Es un amigo un poco extraño. Le dicen El Horrible porque siempre está drogado y su rostro está muy demacrado. Lo conocí a los siete años, cuando ya fumaba cigarros con frecuencia y había probado sus primeros pitos.
Yo soy el niño que encontró el dinosaurio, me dice Juan el horrible después de saludarlo. Yo soy el niño que encontró el dinosaurio, vuelve a repetir. Me mira de pies a cabeza y luego agrega; allá en la playa, cuando era niño, yo encontré el dinosaurio. Vino la prensa. Me hicieron entrevistas. Salí en el diario. Mis compañeros querían juntarse conmigo y en los pasillos los más grandes me saludaban. Pero pasó el tiempo y todos me olvidaron. No importa, en realidad no busqué la fama. Sólo llegó, y fue efímera, eso hay que aceptarlo a tiempo, antes de que se vuelva una locura, ¿no crees?
            Dejo a Juan el horrible hablando solo y reemprendo mi camino. No tengo tiempo para escuchar una vez más una historia que ya he escuchado tantas veces. Pero a él no le importa si alguien lo escucha o no. Le gusta contar sus historias. Las cuenta para sí mismo, y con eso queda contento. Hace años que soy amigo de Juan el horrible. Siempre lo encuentras en la plaza conversando con la gente.
            Mientras paso por la plaza, miro hacia el paradero para asegurarme de que aún no haya pasado el bus. Nada. La gente sigue ahí, esperando, con la mirada fija hacia el lugar por donde debería llegar el bus. En un instante seré uno más de ellos. No me distinguiré entre la masa, que a medida que pasan los segundos se va haciendo más y más grande. Debe haber unas cien personas esperando el bus, todos amontonados en el paradero.
            Fumar calma mi ansiedad, pero no la angustia de la espera. De nuevo en el paradero, me siento aterrado entre tanta gente. Es tarde. La mayoría vuelven a sus casas, de la escuela, del trabajo, del carrete. De pronto me tocan la espalda. El espanto. El horror. No quiero hablar con nadie, quiero fumar mirando al suelo, pero ya no hay nada que hacer, debo girar la cabeza y saludar. Lo hago. Es juan el horrible. Me ha seguido desde la plaza.
Yo fui una vez a la universidad, me dice Juan el horrible. Iba a ser profesor de biología. Primero fueron las plantas, después los animales, después los hongos, pero desde niño, lo primero fue la paleontología. Yo encontré el dinosaurio. Ahora pocos se acuerdan, pero no importa. Una que otra vez alguien me reconoce. Me invitan a fumar, me piden que les cuente la historia. Y yo les cuento mi historia. Me preguntan si el mito es cierto. Les contesto que sí. Que el mito es cierto. Ellos se asombran. Algunos se ríen. No me importa. A mí me gusta contar mi historia. ¿Quieres oír mi historia?
            El bus llega de pronto. Aparece. No alcanzo ni a darme cuenta y la gente ya está toda amontonada en la puerta. Esta se abre. El cobrador grita; hagan una fila. Mientras veo llegar el bus, Juan el horrible desaparece. La fila se forma y yo quedo último. Una a una las personas comienzan a subir al bus. El cobrador abre el maletero y ayuda a meter algunas cosas. Pero la mayoría, yo incluido, sólo llevamos una mochila. La fila avanza cada vez más. Se demora. Son demasiadas personas. Pero avanza. Ya me siento tranquilo. Podré irme a casa. El hombre que está antes de mí sube al bus, el cobrador me mira y me dice; lo siento, no cabe nadie más. La puerta se cierra y el bus parte.
            Miro a mi alrededor y veo que soy la única persona en el paradero. Hay dos opciones, la calma o el llanto. Miro hacia al frente, hacia la plaza, y veo a Juan el horrible sentado en una banca. Reviso mi bolsillo y recuerdo que me queda un cigarro. Elijo la calma. Cruzo la calle y me siento junto a Juan el horrible.
¿Quieres que te cuente mi historia?, me pregunta.
Sí, sí quiero, le contesto, y prendo mi cigarro.