domingo, 6 de agosto de 2017

La posibilidad de una babosa


Salí de mi casa con una babosa en el bolsillo. Ese mismo día en la mañana la había recogido de la huerta de mi patio. La llevaba en un frasco de vidrio, para no aplastarla. Antes de salir mi madre me preguntó si ya había almorzado. Le dije que no, que almorzaría en otro lado. Me dio la bendición y me dejó marcharme. Ella no sabía que yo llevaba una babosa en el bolsillo. De haber estado en conocimiento de tal hecho, lo más seguro es que hubiera puesto reparos a mi intención de salir de casa. A mi padre poco le importaba. Él tampoco sabía lo que yo tenía en el bolsillo. Mi hermano y mi abuela, por otro lado, no se encontraban en el interior de nuestra casa. Estaban en el patio regando las plantas. Antes de salir me fijé en la hora que indicaba el reloj de la cocina. Eran las once de la noche.  Volvió mi madre y me dijo que me abrigara. Traía una chaqueta en sus manos. Era una chaqueta verde con rayas negras, tres veces mi talla. La miré dubitativo.
Está bien, le dije.
Afuera hace frío, me dijo ella.
Miré a mi padre. Asintió. Tenía los ojos cerrados, pero había escuchado todo. Estaba recostado en el sillón con el televisor prendido.
Sí, dijo, hace frío.
Podrías prender la estufa, le dijo mi madre.
Iré a buscar leña, respondió.
Se puso de pie y salió de la casa.
¡Espera! Le grité, y salí con él.
            Cerré la puerta tras de mí y tanteé mi bolsillo. Ahí seguía el frasco con la babosa en su interior. Suspiré aliviado. Miré a mi padre, que seguía con los ojos cerrados.
¿Por qué no abres los ojos? Le pregunté.
No lo necesito, me respondió. Me sé de memoria los caminos.
Yo también conocía los caminos de memoria, pero temía tropezarme. No sabía que nuevos obstáculos podían presentarse en el camino, aunque fuera el mismo del día anterior y de todos los días. Los caminos a veces cambian, decía mi abuela, a veces se mueven. Un día hay un árbol allí y después lo ves al frente, y la niebla, ¿te has fijado en la niebla? A veces entras por un camino en la niebla y sales en otro, una calle paralela, o pasas de nuevo por donde ya pasaste.
            Caminos juntos un rato, lentamente. Pude darme cuenta de que íbamos exactamente al mismo paso. La pierna izquierda primero, luego la derecha. Así me había enseñado a caminar él muchos años atrás, cuando yo era un niño.
¿Por qué llevas una babosa en el bolsillo? me preguntó mi padre.
La recogí en la mañana, le respondí. De la huerta de nuestro patio. La llevo en un frasco de vidrio.
¿Para no aplastarla?
Claro, le dije, claro, para no aplastarla. No sería bueno aplastar la babosa.
Tú sabes que las cosas no andan bien, me dijo.
            Pensé en ello. A veces lo olvidaba, pero sí, las cosas no iban bien. Ocurría que de pronto el día iba bien, a las cinco de la tarde todo estaba claro. De pronto un olor a miedo se dejaba sentir. Nosotros, sentados a la mesa, conversando trivialidades después de una buena comida, percibíamos ese olor, y callados, nos parábamos de la mesa y cada quién se iba a su habitación.
No sé cómo remediarlo, le dije. Siempre pienso en una forma de remediar las cosas, pero no lo sé, Padre, no lo sé. Quizás debería hacer algo, algo ya.
No importa, no está en tus manos.
            Luego hizo algo que me tomó por sorpresa. Se detuvo y sin previo aviso me dio un abrazo y un beso en la mejilla.
Tú sabes que nunca te traicionaría, me dijo.
            De nuevo estaba ahí ese extraño sentimiento que hace tiempo no sentía. Una mezcla de miedo, dolor y rabia. Aguanté el llanto.
¿Darías la vida por mí?, le pregunté cuando continuamos la marcha.
Un padre debe morir antes que un hijo. Un padre nunca debe enterrar a un hijo. El hijo siempre debe enterrar al padre. Cuando sucede lo contrario, tú sabes.
            Recordé que mi abuela y mi abuelo habían tenido que enterrar a un hijo. Mi tío, el hermano de mi padre. Catorce años iban ya desde aquello.
¿Estamos malditos?, le pregunté.
No todavía, respondió.
¿Cuándo?
No lo sé.
Sin darnos cuenta habíamos llegado a la cancha del barrio. Un equipo de colores rojinegros jugaba contra uno de azul y amarillo.
¿Quién ganará?, le pregunté a mi padre.
El que lance la pelota más alto, me respondió.
Pasada la cancha del barrio estaba el lugar donde nuestros caminos se separaban. Una casa roja rodeada de dos caminos, el que conducía a la ciudad, y el que conducía al bosque. me despedí de mi padre con un abrazo. Ahora nacía de mí el gesto. Entonces él se fue por el bosque a buscar leña para prender la estufa y calentar la casa.
Seguí el camino que llevaba a la ciudad. Un poco más allá estaba el colegio del barrio. Afuera, en la vereda, ensayaba la banda de guerra. Los miré fugazmente. Sus rostros me asustaban, además no los veía bien, estaba oscuro, las luces de los postes no funcionaban hace días. Una vez los hube pasado oí una voz que me llamaba. Me detuve y me volteé a ver quién era el que me llamaba. Hacia mi venía caminando un hombre. Recién cuando estuvo cerca pude verle la cara. Pelo corto y bigote. Era un amigo de mi padre. Pero su nombre no lo recordaba.
Hola, me dijo. Tenía las manos en la espalda, como si estuviera escondiendo algo. Lo miré a los ojos. Él no me miraba. Además, una mueca extraña se dibujaba en su boca, como si no supiera si sonreír o mantenerse serio.
Hola, le dije yo.
¿Cómo estás?
Bien
¿Qué vas a hacer con esa babosa que tienes en el bolsillo?, me preguntó.
La recogí hoy de la huerta de mi patio, le respondí. La llevo en un frasco de vidrio.
¿Como está tu papá? me preguntó.
Bien, le respondí.
Mándale saludos.
            Me di media vuelta y seguí caminando. Un poco más abajo del cerro las lucen si funcionaban. Pude ver las casas a la izquierda de la calle. A la derecha había un barranco. Las casas eran las más grandes de la población, y sus colores eran los más llamativos. Algunas casas parecían castillos medievales.
Al llegar al centro me detuve frente al mercado. En la escalera, un joven vagabundo sostenía una bolsa en sus manos y me miraba fijamente. Tenía el pelo largo y vestía un jean con manchas café y una chaqueta de cuero desteñida.
Oye, me gritó, yo soy de allá de la argentina, de Buenos Aires. ¿Vos de dónde sos?
De aquí, les respondí. De arriba. Del cerro. Si subes por ese camino de allí llegas a una cancha. Pasando la cancha, en la última calle por donde pueden pasar los autos, ahí está mi casa. Es la cuarta. Es roja. En la calle de atrás no pueden pasar autos porque está ya en el barranco de ese lado del cerro y entre las filas de casas hay una huerta grande.
¿Y por qué llevás una babosa en el bolsillo?
Me la pidió un amigo. Lo estoy esperando.
¿Y cómo se llama tu amigo?
No lo recuerdo ahora.
¿Jesús?
Claro. Sí. Jesús.
Ve con dios, me dijo, y llevó la bolsa a su boca. Comenzó a vomitar.
            Sentí un poco de asco al verlo. Las manos del vagabundo se aferraban a la bolsa como si de eso dependiera su vida. Vomitó sin parar durante unos cinco minutos. No le quité la vista, quería verlo vomitar, aunque me diera asco, porque al mismo tiempo sentía cierto placer inexplicable; quería ver como vomitaba un vagabundo. Antes sólo lo había imaginado, pero nunca lo había visto en persona. Fue todo un espectáculo. Me hubiera gustado que mi padre estuviera junto a mí, y toda mi familia. Ellos tal vez no se hubieran sentido muy cómodos en esa situación. Pero para mí era importante. Tantos años esperando ver a un vagabundo vomitando en una bolsa sostenida por sus manos. La espera había valido la pena, me sentía realmente satisfecho.
            Se largó la lluvia. Menos mal yo estaba bajo el techo de la entrada del mercado. Las personas que salían de los supermercados aledaños, sorprendidos por la lluvia, emitían alaridos y corrían en direcciones opuestas, para salvaguardarse del agua. Todos corrieron. De pronto ya no quedaba nadie en la calle. Los supermercados cerraron sus puertas. Algunas personas no alcanzaron a salir, tendrían que pasar la noche adentro de los supermercados. Ese destino igual me asustaba. En realidad, la posibilidad de quedar atrapado en cualquier lugar me daba miedo.
¡Hey! escuché de pronto que alguien gritaba.
            Miré hacia al frente. Allí estaba ella. Le hice señas para que cruzara, y así lo hizo.
¿La tienes? Me preguntó.
Claro, le dije yo. Claro.
            Saqué el frasco de mi bolsillo. Abrí el frasco y saqué la babosa que traía adentro de él. Miré hacia todos lados. No había nadie. Tampoco estaba el vagabundo. Me eché la babosa la boca y la tragué rápidamente, sin dar rodeos ni meditar demasiado lo que estaba haciendo.
Ella sonrío.
Sabía que lo harías, me dijo. En el fondo la vida no es más que determinación, voluntad de hacer las cosas.
Claro, le dije, claro, en el fondo la vida no es más que determinación, voluntad de hacer las cosas.
Me tengo que ir, me dijo, y me dio un beso en la mejilla. Luego me pasó un pequeño saquito amarrado con un pedazo de hilo. En su interior había veinte monedas de oro. 

sábado, 29 de julio de 2017

Construyendo recuerdos






Construyendo recuerdos vívidos, agudos,
Aquí comienza el caos
en la búsqueda de los lugares que nombramos
parte de nuestra cosmogonía
de la tranquilidad de nuestros cuerpos sabiéndose libres
hicimos un árbol defecamos sus ramas
nos hicimos silencio

construyendo recuerdos para llorarlos algún día, 
para estar simplemente
sentado en la escalera del tren fumando un cigarro 
pensando en la sombra del cielo 
su oscuridad cernida arriba nuestro
es la tristeza una palabra usada en todas las páginas
del libro que escribimos entre manos amputadas
el niño que no ha podido quedarse dormido 
me dice
que siente que todo está roto, 
la realidad que ve se divierte haciéndole
bromas a sus ojos 
camino a su lado buscamos un ladrido 
que recordamos
construyendo recuerdos para categorizar su importancia 
en estantes mentales
para ver cuántas lágrimas son necesarias 
para llenar el vaso del dolor
para recordarlos sentados en la escalera 
del tren fumando y fumando
pensando en la sombra del cielo 
en si estaremos un día allí
descansando, al fin, descansando 
de la búsqueda de los lugares
que hicimos parte de nuestra mitología

Somos personajes de un cuento 
o una película le dije
el me entiende y camina conmigo 
y sus ojos lloran como los míos
y nuestros recuerdos se asocian pensamos, 
un día recordaremos esto
vamos a la casa nuestro gran hogar 
donde podemos sentarnos tranquilos
tranquilos tranquilos tranquilos 
tranquilos tranquilos
a conversar sobre una película nueva 
donde nosotros actuamos y sobreactuamos 
o un cuento donde nuestra historia se transforma 
en la trama de otro cuento
o simplemente cabamos una tumba 
para dormir algunas noches
una tumba que diga nuestros nombres 
en letras de barro
aquí yace la idea de la construcción 
de los recuerdos en el instante
haciéndose conscientes los rasgos de los sentidos 
y sus expresiones
es decir la constante amargura de saber 
que todo termina

construyendo recuerdos para algún día 
sacarles el polvo
proyectarlos en una pared blanca 
y reírnos que lo que fuimos y lo que somos
cada paso está grabado en la máquina de la memoria
cada gesto será el gesto definitivo
los finales sucederán entre bombos y platillos
esto es necesario para estar tranquilos, 
sentados en la penumbra de nuestro
gran hogar 
tranquilos
tranquilos
tran
qu
i
los








lunes, 24 de julio de 2017

Juan El Horrible

Me disgusta que la gente se acerque a mí cuando espero bus en el paradero. Me descoloca, me siento nervioso con la proximidad de otro ser humano. Prefiero prender un cigarro y quedarme en un rincón del paradero mirando al suelo, esperando que el bus pase. Pero el bus se demora. Siempre se demora, hay que esperar demasiado para que el bus llegue hasta este paradero. Entonces recuerdo cuando era joven, y mi gran sueño consistía en tener una flota de buses, y no sólo ser dueño sino también chofer de uno de aquellos buses.  Miro la hora a cada momento, porque soy ansioso y no soporto esperar tanto. Cada vez llega más gente al paradero. Hay personas que conozco, pero que no saludo. Vecinas de la población, conocidos del cerro. Todos están fumando un cigarro, con la mirada fija hacia el final de la calle, esperando, como yo, el bus que nos lleve por fin a nuestras casas.
            Caigo en la cuenta de que mi ansiedad se produce porque todos, excepto yo, están fumando un cigarro. Yo no tengo un cigarro para fumar en este momento, iba a comprar cuando saliera del trabajo, pero lo olvidé. Levanto la vista. A lo lejos, al otro lado de la plaza, veo un negocio abierto. Me pregunto si ahí venderán cigarros sueltos. Intento recordar…sí, me acuerdo de que una vez compré cigarros ahí. Emprendo el camino hacia el negocio abierto con dos monedas en la mano. En la plaza están los de siempre. Los saludo tímidamente sin acercarme. He compartido con ellos pero no soy un amigo. Esa banca de la plaza les pertenece a ellos. Rara vez llego a esa banca. Y si llego siempre me siento ajeno. Y si llego es porque soy amigo esporádico de alguien del grupo. Entonces sólo los saludo y sigo mi camino. Mi objetivo primordial es ese negocio, el único abierto. No, en realidad el objetivo primordial es comprar el cigarro. O tomar el bus, por más que se demore, debo tomar ese bus, es el último que pasa, y luego nada, a dormir en la calle. Nunca he dormido en la calle. La noche en la calle me asusta. Antes era todo tranquilo pero ahora está lleno de gárgolas. En la noche la ciudad es una ciudad de gárgolas.
            Compro dos cigarros de cien. Son de esos malos, pero no importa. En materia de cigarros, cantidad antes de calidad. Al fin y al cabo el cigarro es para calmar la angustia de la espera. Salgo a la calle y prendo uno, el otro lo guardo en un bolsillo. Mientras fumo observo la plaza de forma panorámica y a la gente que pasa frente a mí. A veces, por casualidad, los miro a los ojos y rápidamente agacho la mirada, o miro hacia otro lado.  
La plaza antes tenía otra forma, cuando yo era niño. Y antes tuvo también una forma distinta, cuando eran niños mis padres, mis abuelos y todos los antepasados que caminaron por la plaza. La he visto en fotos, pero éstas siempre son en blanco y negro, y parece que todo hubiese sido gris. Ahora la vida es mucho más gris que antes, y en las fotos modernas parece que viviésemos entre colores. Yo me imagino una plaza redonda, con todas las bancas en la orilla mirando hacia el centro, y en el centro una pileta, y junto a pileta, un escenario. Pero en esta ciudad todo es cuadrado.
            De vuelta por la plaza me encuentro con Juan El Horrible. Es un amigo un poco extraño. Le dicen El Horrible porque siempre está drogado y su rostro está muy demacrado. Lo conocí a los siete años, cuando ya fumaba cigarros con frecuencia y había probado sus primeros pitos.
Yo soy el niño que encontró el dinosaurio, me dice Juan el horrible después de saludarlo. Yo soy el niño que encontró el dinosaurio, vuelve a repetir. Me mira de pies a cabeza y luego agrega; allá en la playa, cuando era niño, yo encontré el dinosaurio. Vino la prensa. Me hicieron entrevistas. Salí en el diario. Mis compañeros querían juntarse conmigo y en los pasillos los más grandes me saludaban. Pero pasó el tiempo y todos me olvidaron. No importa, en realidad no busqué la fama. Sólo llegó, y fue efímera, eso hay que aceptarlo a tiempo, antes de que se vuelva una locura, ¿no crees?
            Dejo a Juan el horrible hablando solo y reemprendo mi camino. No tengo tiempo para escuchar una vez más una historia que ya he escuchado tantas veces. Pero a él no le importa si alguien lo escucha o no. Le gusta contar sus historias. Las cuenta para sí mismo, y con eso queda contento. Hace años que soy amigo de Juan el horrible. Siempre lo encuentras en la plaza conversando con la gente.
            Mientras paso por la plaza, miro hacia el paradero para asegurarme de que aún no haya pasado el bus. Nada. La gente sigue ahí, esperando, con la mirada fija hacia el lugar por donde debería llegar el bus. En un instante seré uno más de ellos. No me distinguiré entre la masa, que a medida que pasan los segundos se va haciendo más y más grande. Debe haber unas cien personas esperando el bus, todos amontonados en el paradero.
            Fumar calma mi ansiedad, pero no la angustia de la espera. De nuevo en el paradero, me siento aterrado entre tanta gente. Es tarde. La mayoría vuelven a sus casas, de la escuela, del trabajo, del carrete. De pronto me tocan la espalda. El espanto. El horror. No quiero hablar con nadie, quiero fumar mirando al suelo, pero ya no hay nada que hacer, debo girar la cabeza y saludar. Lo hago. Es juan el horrible. Me ha seguido desde la plaza.
Yo fui una vez a la universidad, me dice Juan el horrible. Iba a ser profesor de biología. Primero fueron las plantas, después los animales, después los hongos, pero desde niño, lo primero fue la paleontología. Yo encontré el dinosaurio. Ahora pocos se acuerdan, pero no importa. Una que otra vez alguien me reconoce. Me invitan a fumar, me piden que les cuente la historia. Y yo les cuento mi historia. Me preguntan si el mito es cierto. Les contesto que sí. Que el mito es cierto. Ellos se asombran. Algunos se ríen. No me importa. A mí me gusta contar mi historia. ¿Quieres oír mi historia?
            El bus llega de pronto. Aparece. No alcanzo ni a darme cuenta y la gente ya está toda amontonada en la puerta. Esta se abre. El cobrador grita; hagan una fila. Mientras veo llegar el bus, Juan el horrible desaparece. La fila se forma y yo quedo último. Una a una las personas comienzan a subir al bus. El cobrador abre el maletero y ayuda a meter algunas cosas. Pero la mayoría, yo incluido, sólo llevamos una mochila. La fila avanza cada vez más. Se demora. Son demasiadas personas. Pero avanza. Ya me siento tranquilo. Podré irme a casa. El hombre que está antes de mí sube al bus, el cobrador me mira y me dice; lo siento, no cabe nadie más. La puerta se cierra y el bus parte.
            Miro a mi alrededor y veo que soy la única persona en el paradero. Hay dos opciones, la calma o el llanto. Miro hacia al frente, hacia la plaza, y veo a Juan el horrible sentado en una banca. Reviso mi bolsillo y recuerdo que me queda un cigarro. Elijo la calma. Cruzo la calle y me siento junto a Juan el horrible.
¿Quieres que te cuente mi historia?, me pregunta.
Sí, sí quiero, le contesto, y prendo mi cigarro. 

jueves, 15 de junio de 2017

CÁRCEL

Ella iba leyendo un libro arrugado y amarillento de Pedro Kropotkin; yo miraba por la ventana del bus, y veía como las luces del gran Concepción se alejaban de nosotros. Cuando el bus pasó sobre el puente divisé a lo lejos los focos del estadio regional. Estaban encendidos, pero el pedazo de gradería que se alcanzaba a ver estaba vacío. Vacío. Es decir; no había nadie en el estadio. Consulté la hora en mi celular. Vi la hora y guardé el celular sin percatarme en realidad de qué hora era. El bus iba casi tan vacío como lo estaba el estadio. Dos personas adelante. Tres personas al medio. Yo al final, en el último asiento de la fila, y ella a mi lado, leyendo un libro de Kropotkin.

Cerré los ojos. Volví a abrirlos un minuto después, cuando el bus se detuvo. Estábamos en el paradero de la cárcel el Manzano. Se subieron tres personas, una mujer adulta, un anciano y un niño. Creo que los tres andaban juntos. Volví a cerrar los ojos y traté de imaginarme a esas tres personas en la cárcel, visitando a un pariente preso. Tal vez el padre de aquel niño, el esposo de aquella mujer adulta, el hijo de aquel anciano. Luego me imaginé tocando el seno izquierdo de la mujer que iba a mi lado. Luego su vagina. Cuando la intentaba besar ella ponía el libro que iba leyendo entre su boca y la mía, y yo terminaba besando el libro. Volví a abrir los ojos. La mujer que iba a mi lado me estaba observando. Noté su mirada de reojo. No. En realidad no la noté, la sentí. ¿Puedes abrir la ventana? Me preguntó. Puedo, le respondí. Pero no lo hice. Me quedé tan quieto como había estado todo el tiempo. Ella se levantó, acercó su cuerpo a la ventana y estiró el brazo para intentar abrirla. No pudo hacerlo. Al echarse hacia adelante su trasero había quedado justo en mi cara, y se movía sensualmente cada vez que hacía fuerzas para abrir la ventana. Me quedé mirando su trasero como si estuviera hipnotizado. Era perfecto. Medianamente grande, redondo, apretado. ¿Vas a ayudarme o no? me preguntó de pronto. Claramente me había sorprendido mirando sus atributos, pero no pareció importarle. Sí, le respondí. Perdón.

Ella volvió a sentarse y yo estiré el brazo para alcanzar la manilla de la ventana. Luego de cinco segundos haciendo fuerza la ventana se abrió. Si no se hubiera abierto me hubiera sentido muy avergonzado. Pero me sentía avergonzado de todos modos por lo extraño de mi comportamiento. Ella no reparó demasiado en eso. Una vez abierta la ventana no hizo más que decirme: gracias, tenía mucho calor, y volvió a tomar el libro de Pedro Kropotkin para continuar leyendo.

¿Qué estás leyendo? Le pregunté. Ya me sentía en confianza. Ella me había hablado. Yo tenía derecho a hablarle también. Un libro sobre el comunismo libertario, me respondió. De Kropotkin. En realidad yo ya sabía qué libro estaba leyendo, pero fue lo único que se me ocurrió para comenzar a hablarle.  ¿Te gusta leer? Le pregunté. Un poco, me respondió. Más que nada ensayos, pero novelas también. La poesía no me gusta. Detesto a los poetas. Yo también, le dije. ¿También detestas a los poetas? Me preguntó ella. Sí. Yo prefiero los cuentos. ¿Has leído a Borges?, le pregunté. Todos han leído a Borges, me respondió. ¿Crees en los laberintos? ¿Qué clase de pregunta es esa?

No supe qué responderle, así que me encogí de hombros. Ella sonrió tímidamente y luego volvió a fijar su vista en el libro. Nunca había conocido a una mujer que se viera tan hermosa mientras leía. Aquello era mejor que su trasero, o sus senos, o su vagina, o su boca. Aquello era música. Respiré hondo, y al hacerlo sentí su olor llenando todos los espacios de mi cuerpo. Más música. Quise llorar, llorar sin tregua sobre su hombro, pero eso sin duda la hubiera asustado. Preferí apartar la mirada. Ya la había mirado lo suficiente. Hubiera podido dibujarla de memoria. Bastaba con escuchar la música; si no dejaba de escuchar la música podía hacer lo que yo quisiera.

Volví a cerrar los ojos.  Me puse a meditar sobre el hecho de estar viajando de Concepción a Tomé. En cierto modo me aliviaba ser consciente de que las luces de Concepción se alejaban de mí, o que yo me estaba alejando de ellas. Siempre odié las ciudades grandes. Pero Tomé tampoco era el paraíso. Lo perfecto para mí hubiera sido el campo. Sacar frutos de los árboles, arar la tierra, cuidar animales, ese tipo de cosas. Cosas que en Tomé no podía hacer, por lo menos en el área urbana, que era donde yo vivía. El patio de mi casa era tan pequeño que no alcanzaba a plantar ni un árbol de duraznos. Además vivía rodeado de gente a la que no conocía. Me incomodaba salir a la calle y pasar por al lado de mis vecinos. A veces ellos me quedaban mirando con la intención saludarme, pero yo agachaba la cabeza y seguía de largo.

Ella parecía entenderme. Cuando pensé en ella volví a abrir los ojos. El bus iba pasando por afuera de la cárcel El Manzano. ¿Eres de Tomé? Me preguntó. No. Soy del campo, le respondí. Cerró el libro y lo guardó en un pequeño bolso que andaba trayendo. Echó su espalda  hacia atrás y  acomodó sus piernas sobre el asiento. Con su mano izquierda, sorpresivamente, comenzó sobar mi espalda. Yo también soy del campo, me dijo. ¿De qué parte? Le pregunté. Un poco antes de Rafael. Pero durante la semana me quedo en Tomé, en la casa de un amigo. ¿Y tú? La verdad es que no soy del campo. Vivo en el centro de Tomé, frente a la plaza. Pero me encantaría vivir en el campo. Ya me lo imaginaba. No tienes cara de ser del campo. Tu tampoco. ¿De qué tengo cara? Pensé que eras de Concepción. Trabajo en Concepción. Trabajo en una librería.  Yo estoy estudiando. ¿Qué estudias? Cine. ¿Piensas  hacer películas? Creo que sí. ¿Sobre qué harías tu primera película? Haría un cortometraje. De un joven que va en un bus, de Concepción a Tomé, sentando al lado de una chica que lee. Él intenta hablarle. Quiere conocerla. Le pregunta qué está leyendo. Ella lo toma más o menos en cuenta. Después de un rato, es ella quien vuelve a hablarle. Sería un buen cortometraje. ¿Qué canción pondrías de fondo? No lo sé. ¿Qué canción pondrías tú? Me gusta Charly García. Ojos de videotape podría ser. Nunca la he escuchado.  Deberías hacerlo. Debería. Me gustaría actuar en tu película. ¿Eres actriz? A veces.  Me encantaría que actuaras en mi película. Ojalá en todas mis películas. ¿Piensas hacer muchas? Las que pueda. ¿Quieres escuchar la canción de Charly García? Bueno.

En realidad sólo quería escucharla a ella, pero no me atrevía a decírselo. Ella sacó de su bolso un mp3 y me pasó uno de los audífonos. Buscó la canción con los botoncitos del aparato entre un sinfín de carpetas con nombres de varios grupos y artistas, algunos que yo conocía y otros que no. Dio por fin con la canción y apretó play. No dijimos nada durante el tiempo que duró la canción.

Cuando la canción se detuvo el bus también lo hizo. Estábamos en el paradero de la cárcel El Manzano. Se subieron varias personas, entre ellas dos monjas que vinieron a sentarse junto a nosotros, al lado de ella. Una de las monjas, al parecer la de mayor edad, llevaba en su mano izquierda un espejo redondo, y lo sostenía frente a ella todo el tiempo. Al principio lo usaba para comunicarse con la otra monja. Cuando hablaba ella se reflejaba ella, y cuando hablaba la otra, lo movía para que la imagen de su compañera apareciera en el espejo. Luego noté que comenzó a mirarnos a nosotros a través del objeto. Ella y yo estábamos callados, mirando hacia el frente. Aún teníamos los audífonos en las orejas. Me saqué el mío y se lo devolví. Lo de la monja y el espejo comenzó a incomodarme un poco, así que llevé mi mirada hacia la ventana y no la despegué de ahí en un buen rato.

Íbamos pasando por afuera de la cárcel El manzano. Recordé de pronto la curiosidad enfermiza que sentía cuando niño por las cárceles; quería saber cómo eran por dentro, hablar con los presos, vivir en una de ellas. Me gustaba imaginar que mi padre cometía algún delito grave, que lo condenaban a cadena perpetua, y que yo me pasaba el resto de la vida haciéndole largas visitas.

Ella también tenía una obsesión con las cárceles; pude notarlo en su mirada, en cómo degustaba las formas geométricas del techo de la cárcel antigua y todos los edificios de la cárcel nueva. Me besó sin pudor alguno. La monja del espejo nos reflejó y yo abrí los ojos para mirarla. Ambos sonreímos, cómplices ahora de un futuro cercano que revelaría las intenciones de todos en el mundo.

Ella se echó hacia atrás y recostó su cabeza en las piernas de la monja más cercana. La monja acercó su mano a la cabeza de ella y comenzó a acariciar su pelo de manera pausada y continua, lo cual parecía excitarla bastante. Tenía los ojos cerrados y cada cierto tiempo abría la boca para emitir unos gemidos casi inaudibles pero intensos. En ese momento me di cuenta de que mi pene se hallaba erecto. Erecto de una forma inaudita. Sentía bombear litros y litros de sangre hacia mi sexo. Toda la sangre de mi cuerpo acumulándose en mi pene. Temí que fuera algo malo, algo fuera de lo normal, pero ella tomó mi mano y logré relajarme. La miré a los ojos. Ven, me dijo. ¿Aquí?, le pregunté. Ella miró a las monjas, y ellas, mirándome a mí, asintieron. Las personas que iban en el bus, que hasta el momento habían sido indiferentes a los gemidos de ella, giraron sus cabezas para ser testigos de la situación. Intenté ignorar sus invasivas miradas. Cerré los ojos y me recosté sobre ella. Quise besarla, pero pronto comencé a sentir que algo me detenía. ¿Qué sucede?, me preguntó al oído. No lo sé, susurré en el suyo.  


Casi  como un impulso inconsciente me puse de pie y apreté el timbre de la puerta trasera del bus. El chofer frenó tan rápido que estuve a punto de caerme. Pero logré mantener el equilibrio. La puerta se abrió y de un salto ya estaba afuera, en la vereda de la calle. Levanté la cabeza. Estaba afuera de la cárcel El manzano. ¡¿Qué sabes de las cárceles?! Me gritó ella desde adentro. Nada, susurré. La puerta se cerró y el bus partió tan rápido como había frenado. 

sábado, 18 de marzo de 2017

Motor



En la casa de al lado, la de la derecha, siempre sonaba un motor. Todo el día y toda la noche. Era un ruido demasiado molesto, no me dejaba dormir ni concentrarme en las cosas que tenía que hacer. Al salir al patio el ruido reducía un poco. A veces era constante y a veces intermitente. Pero esa intermitencia no duraba nada, en ningún momento el motor llegaba a detenerse.

Los gatos de mi vecina me miraban. No sé si ellos escuchaban el motor. Estaban tan calmados. Pero yo me acercaba y ellos escapaban, corriendo muy rápido por los techos de las casas. Volvía a entrar a mi casa, me sentaba en mi cama y comenzaba a escuchar el motor, claramente, como si estuviera en la habitación colindante a la mía de la otra casa. Era muy molesto. Me preguntaba también si mis padres lo escuchaban, pero no quería preguntarles, tenía la sensación de que no reaccionarían bien si les preguntaba. 

Tampoco podía preguntarle a mi vecina qué era lo que sonaba en su casa. La veía desde mi ventana, regando las plantas de su patio. No podía preguntarle porque no nos llevábamos bien.  Habíamos tenido un par de problemas en el pasado. Ella era mayor que yo. Era profesora retirada. Yo quería ser profesor como ella, pero no como ella. Me daba miedo algún día convertirme en ella, y cabía la posibilidad de que así fuera. La única vez que habíamos conversado, antes de ponernos a discutir por una diferencia de opinión, me había preguntado por mi película favorita. No tengo, le dije yo, tengo muchas. Ven a ver una película a mi casa un día, me dijo luego. Yo, impresionado, no atiné a decirle nada. Me quedé callado, mirándola perplejo. Si aceptaba, tendría la posibilidad de ir a su casa y tal vez ver con mis propios ojos aquello que sonaba como un motor. Pero luego nos pusimos a discutir por una estúpida diferencia de opinión. Ella opinaba que los gatos si podían saltar desde una alta ventana al piso. Yo opinaba lo contrario. Discutimos mucho rato, hasta que uno de sus gatos se subió a la ventana y saltó hasta el piso del patio. Ella ganó la discusión y eso me dejó avergonzado. Entonces cuando salía al patio y la veía ya no podía preguntarle nada, por culpa de la vergüenza.

El tiempo pasó. El motor no dejaba de sonar, y yo acabé por acostumbrarme. Uno termina por acostumbrarse a todo, por muy molesto que sea. Me acostumbré y dejé de preocuparme por el ruido de motor de la casa de al lado. A veces, incluso, lo olvidaba. Me dejaba llevar por mis pensamientos y caía tan profundamente en ellos que nada más del exterior me preocupaba. Fue entonces cuando por primera vez dejó de sonar por más tiempo. Cuando se detuvo, levanté la cabeza y abrí mucho los ojos, como si eso me fuera a permitir escuchar mejor. Me sentí extraño, no sabía que pensar, pero no alcancé a descifrar lo que sentía cuando el motor ya estaba sonando de nuevo. Sucedió un par de veces más durante la semana, y a medida que fue pasando el tiempo se hizo más frecuente y durante periodos más prolongados de tiempo. Entonces, mientras esto sucedía, comencé a comprender que lo que sentía en esos períodos en que no sonaba el motor era angustia. Real y verdadera angustia, porque me había acostumbrado tanto a su sonido que ahora sí quería escucharlo todo el tiempo.

No sólo me acostumbré a eso que al principio me parecía un ruido molesto, al cabo terminé por depender de él. Ya no podía dormir si no lo escuchaba, no podía concentrarme si no estaba ahí, constantemente, sonando tan cerca de mí que casi pudiera sentir que estaba adentro de mi propio oído.

Nunca quise saber qué era en realidad. La vecina un día fue encontrada muerta en su casa. Al parecer no tenía muchos parientes ni gente que la quisiera. Vinieron un par de personas, estuvieron una tarde, la sacaron en un cajón y se la llevaron rápidamente en una carroza. Al día siguiente llegó un camión, con la misma gente que se la había llevado a ella. Sacaron todas las cosas de su casa y las echaron arriba del camión. Hace días que el motor no sonaba, y ahora sabía con certeza que ya no sonaría más. El camión se fue y por la ventana observé su camino hasta perderse en el horizonte, en los límites de la gigantesca población donde yo vivía.

Me costó superar el trauma de no escuchar nunca más ese sonido. O quizás, nunca lo superé de verdad. A veces imaginaba que estaba ahí, sonando. Quería morir pensando que en la casa de al lado había un motor. Un motor, encima de un suelo de madera, que funcionaba eternamente.