jueves, 15 de junio de 2017

CÁRCEL

Ella iba leyendo un libro arrugado y amarillento de Pedro Kropotkin; yo miraba por la ventana del bus, y veía como las luces del gran Concepción se alejaban de nosotros. Cuando el bus pasó sobre el puente divisé a lo lejos los focos del estadio regional. Estaban encendidos, pero el pedazo de gradería que se alcanzaba a ver estaba vacío. Vacío. Es decir; no había nadie en el estadio. Consulté la hora en mi celular. Vi la hora y guardé el celular sin percatarme en realidad de qué hora era. El bus iba casi tan vacío como lo estaba el estadio. Dos personas adelante. Tres personas al medio. Yo al final, en el último asiento de la fila, y ella a mi lado, leyendo un libro de Kropotkin.

Cerré los ojos. Volví a abrirlos un minuto después, cuando el bus se detuvo. Estábamos en el paradero de la cárcel el Manzano. Se subieron tres personas, una mujer adulta, un anciano y un niño. Creo que los tres andaban juntos. Volví a cerrar los ojos y traté de imaginarme a esas tres personas en la cárcel, visitando a un pariente preso. Tal vez el padre de aquel niño, el esposo de aquella mujer adulta, el hijo de aquel anciano. Luego me imaginé tocando el seno izquierdo de la mujer que iba a mi lado. Luego su vagina. Cuando la intentaba besar ella ponía el libro que iba leyendo entre su boca y la mía, y yo terminaba besando el libro. Volví a abrir los ojos. La mujer que iba a mi lado me estaba observando. Noté su mirada de reojo. No. En realidad no la noté, la sentí. ¿Puedes abrir la ventana? Me preguntó. Puedo, le respondí. Pero no lo hice. Me quedé tan quieto como había estado todo el tiempo. Ella se levantó, acercó su cuerpo a la ventana y estiró el brazo para intentar abrirla. No pudo hacerlo. Al echarse hacia adelante su trasero había quedado justo en mi cara, y se movía sensualmente cada vez que hacía fuerzas para abrir la ventana. Me quedé mirando su trasero como si estuviera hipnotizado. Era perfecto. Medianamente grande, redondo, apretado. ¿Vas a ayudarme o no? me preguntó de pronto. Claramente me había sorprendido mirando sus atributos, pero no pareció importarle. Sí, le respondí. Perdón.

Ella volvió a sentarse y yo estiré el brazo para alcanzar la manilla de la ventana. Luego de cinco segundos haciendo fuerza la ventana se abrió. Si no se hubiera abierto me hubiera sentido muy avergonzado. Pero me sentía avergonzado de todos modos por lo extraño de mi comportamiento. Ella no reparó demasiado en eso. Una vez abierta la ventana no hizo más que decirme: gracias, tenía mucho calor, y volvió a tomar el libro de Pedro Kropotkin para continuar leyendo.

¿Qué estás leyendo? Le pregunté. Ya me sentía en confianza. Ella me había hablado. Yo tenía derecho a hablarle también. Un libro sobre el comunismo libertario, me respondió. De Kropotkin. En realidad yo ya sabía qué libro estaba leyendo, pero fue lo único que se me ocurrió para comenzar a hablarle.  ¿Te gusta leer? Le pregunté. Un poco, me respondió. Más que nada ensayos, pero novelas también. La poesía no me gusta. Detesto a los poetas. Yo también, le dije. ¿También detestas a los poetas? Me preguntó ella. Sí. Yo prefiero los cuentos. ¿Has leído a Borges?, le pregunté. Todos han leído a Borges, me respondió. ¿Crees en los laberintos? ¿Qué clase de pregunta es esa?

No supe qué responderle, así que me encogí de hombros. Ella sonrió tímidamente y luego volvió a fijar su vista en el libro. Nunca había conocido a una mujer que se viera tan hermosa mientras leía. Aquello era mejor que su trasero, o sus senos, o su vagina, o su boca. Aquello era música. Respiré hondo, y al hacerlo sentí su olor llenando todos los espacios de mi cuerpo. Más música. Quise llorar, llorar sin tregua sobre su hombro, pero eso sin duda la hubiera asustado. Preferí apartar la mirada. Ya la había mirado lo suficiente. Hubiera podido dibujarla de memoria. Bastaba con escuchar la música; si no dejaba de escuchar la música podía hacer lo que yo quisiera.

Volví a cerrar los ojos.  Me puse a meditar sobre el hecho de estar viajando de Concepción a Tomé. En cierto modo me aliviaba ser consciente de que las luces de Concepción se alejaban de mí, o que yo me estaba alejando de ellas. Siempre odié las ciudades grandes. Pero Tomé tampoco era el paraíso. Lo perfecto para mí hubiera sido el campo. Sacar frutos de los árboles, arar la tierra, cuidar animales, ese tipo de cosas. Cosas que en Tomé no podía hacer, por lo menos en el área urbana, que era donde yo vivía. El patio de mi casa era tan pequeño que no alcanzaba a plantar ni un árbol de duraznos. Además vivía rodeado de gente a la que no conocía. Me incomodaba salir a la calle y pasar por al lado de mis vecinos. A veces ellos me quedaban mirando con la intención saludarme, pero yo agachaba la cabeza y seguía de largo.

Ella parecía entenderme. Cuando pensé en ella volví a abrir los ojos. El bus iba pasando por afuera de la cárcel El Manzano. ¿Eres de Tomé? Me preguntó. No. Soy del campo, le respondí. Cerró el libro y lo guardó en un pequeño bolso que andaba trayendo. Echó su espalda  hacia atrás y  acomodó sus piernas sobre el asiento. Con su mano izquierda, sorpresivamente, comenzó sobar mi espalda. Yo también soy del campo, me dijo. ¿De qué parte? Le pregunté. Un poco antes de Rafael. Pero durante la semana me quedo en Tomé, en la casa de un amigo. ¿Y tú? La verdad es que no soy del campo. Vivo en el centro de Tomé, frente a la plaza. Pero me encantaría vivir en el campo. Ya me lo imaginaba. No tienes cara de ser del campo. Tu tampoco. ¿De qué tengo cara? Pensé que eras de Concepción. Trabajo en Concepción. Trabajo en una librería.  Yo estoy estudiando. ¿Qué estudias? Cine. ¿Piensas  hacer películas? Creo que sí. ¿Sobre qué harías tu primera película? Haría un cortometraje. De un joven que va en un bus, de Concepción a Tomé, sentando al lado de una chica que lee. Él intenta hablarle. Quiere conocerla. Le pregunta qué está leyendo. Ella lo toma más o menos en cuenta. Después de un rato, es ella quien vuelve a hablarle. Sería un buen cortometraje. ¿Qué canción pondrías de fondo? No lo sé. ¿Qué canción pondrías tú? Me gusta Charly García. Ojos de videotape podría ser. Nunca la he escuchado.  Deberías hacerlo. Debería. Me gustaría actuar en tu película. ¿Eres actriz? A veces.  Me encantaría que actuaras en mi película. Ojalá en todas mis películas. ¿Piensas hacer muchas? Las que pueda. ¿Quieres escuchar la canción de Charly García? Bueno.

En realidad sólo quería escucharla a ella, pero no me atrevía a decírselo. Ella sacó de su bolso un mp3 y me pasó uno de los audífonos. Buscó la canción con los botoncitos del aparato entre un sinfín de carpetas con nombres de varios grupos y artistas, algunos que yo conocía y otros que no. Dio por fin con la canción y apretó play. No dijimos nada durante el tiempo que duró la canción.

Cuando la canción se detuvo el bus también lo hizo. Estábamos en el paradero de la cárcel El Manzano. Se subieron varias personas, entre ellas dos monjas que vinieron a sentarse junto a nosotros, al lado de ella. Una de las monjas, al parecer la de mayor edad, llevaba en su mano izquierda un espejo redondo, y lo sostenía frente a ella todo el tiempo. Al principio lo usaba para comunicarse con la otra monja. Cuando hablaba ella se reflejaba ella, y cuando hablaba la otra, lo movía para que la imagen de su compañera apareciera en el espejo. Luego noté que comenzó a mirarnos a nosotros a través del objeto. Ella y yo estábamos callados, mirando hacia el frente. Aún teníamos los audífonos en las orejas. Me saqué el mío y se lo devolví. Lo de la monja y el espejo comenzó a incomodarme un poco, así que llevé mi mirada hacia la ventana y no la despegué de ahí en un buen rato.

Íbamos pasando por afuera de la cárcel El manzano. Recordé de pronto la curiosidad enfermiza que sentía cuando niño por las cárceles; quería saber cómo eran por dentro, hablar con los presos, vivir en una de ellas. Me gustaba imaginar que mi padre cometía algún delito grave, que lo condenaban a cadena perpetua, y que yo me pasaba el resto de la vida haciéndole largas visitas.

Ella también tenía una obsesión con las cárceles; pude notarlo en su mirada, en cómo degustaba las formas geométricas del techo de la cárcel antigua y todos los edificios de la cárcel nueva. Me besó sin pudor alguno. La monja del espejo nos reflejó y yo abrí los ojos para mirarla. Ambos sonreímos, cómplices ahora de un futuro cercano que revelaría las intenciones de todos en el mundo.

Ella se echó hacia atrás y recostó su cabeza en las piernas de la monja más cercana. La monja acercó su mano a la cabeza de ella y comenzó a acariciar su pelo de manera pausada y continua, lo cual parecía excitarla bastante. Tenía los ojos cerrados y cada cierto tiempo abría la boca para emitir unos gemidos casi inaudibles pero intensos. En ese momento me di cuenta de que mi pene se hallaba erecto. Erecto de una forma inaudita. Sentía bombear litros y litros de sangre hacia mi sexo. Toda la sangre de mi cuerpo acumulándose en mi pene. Temí que fuera algo malo, algo fuera de lo normal, pero ella tomó mi mano y logré relajarme. La miré a los ojos. Ven, me dijo. ¿Aquí?, le pregunté. Ella miró a las monjas, y ellas, mirándome a mí, asintieron. Las personas que iban en el bus, que hasta el momento habían sido indiferentes a los gemidos de ella, giraron sus cabezas para ser testigos de la situación. Intenté ignorar sus invasivas miradas. Cerré los ojos y me recosté sobre ella. Quise besarla, pero pronto comencé a sentir que algo me detenía. ¿Qué sucede?, me preguntó al oído. No lo sé, susurré en el suyo.  


Casi  como un impulso inconsciente me puse de pie y apreté el timbre de la puerta trasera del bus. El chofer frenó tan rápido que estuve a punto de caerme. Pero logré mantener el equilibrio. La puerta se abrió y de un salto ya estaba afuera, en la vereda de la calle. Levanté la cabeza. Estaba afuera de la cárcel El manzano. ¡¿Qué sabes de las cárceles?! Me gritó ella desde adentro. Nada, susurré. La puerta se cerró y el bus partió tan rápido como había frenado. 

sábado, 18 de marzo de 2017

Motor



En la casa de al lado, la de la derecha, siempre sonaba un motor. Todo el día y toda la noche. Era un ruido demasiado molesto, no me dejaba dormir ni concentrarme en las cosas que tenía que hacer. Al salir al patio el ruido reducía un poco. A veces era constante y a veces intermitente. Pero esa intermitencia no duraba nada, en ningún momento el motor llegaba a detenerse.

Los gatos de mi vecina me miraban. No sé si ellos escuchaban el motor. Estaban tan calmados. Pero yo me acercaba y ellos escapaban, corriendo muy rápido por los techos de las casas. Volvía a entrar a mi casa, me sentaba en mi cama y comenzaba a escuchar el motor, claramente, como si estuviera en la habitación colindante a la mía de la otra casa. Era muy molesto. Me preguntaba también si mis padres lo escuchaban, pero no quería preguntarles, tenía la sensación de que no reaccionarían bien si les preguntaba. 

Tampoco podía preguntarle a mi vecina qué era lo que sonaba en su casa. La veía desde mi ventana, regando las plantas de su patio. No podía preguntarle porque no nos llevábamos bien.  Habíamos tenido un par de problemas en el pasado. Ella era mayor que yo. Era profesora retirada. Yo quería ser profesor como ella, pero no como ella. Me daba miedo algún día convertirme en ella, y cabía la posibilidad de que así fuera. La única vez que habíamos conversado, antes de ponernos a discutir por una diferencia de opinión, me había preguntado por mi película favorita. No tengo, le dije yo, tengo muchas. Ven a ver una película a mi casa un día, me dijo luego. Yo, impresionado, no atiné a decirle nada. Me quedé callado, mirándola perplejo. Si aceptaba, tendría la posibilidad de ir a su casa y tal vez ver con mis propios ojos aquello que sonaba como un motor. Pero luego nos pusimos a discutir por una estúpida diferencia de opinión. Ella opinaba que los gatos si podían saltar desde una alta ventana al piso. Yo opinaba lo contrario. Discutimos mucho rato, hasta que uno de sus gatos se subió a la ventana y saltó hasta el piso del patio. Ella ganó la discusión y eso me dejó avergonzado. Entonces cuando salía al patio y la veía ya no podía preguntarle nada, por culpa de la vergüenza.

El tiempo pasó. El motor no dejaba de sonar, y yo acabé por acostumbrarme. Uno termina por acostumbrarse a todo, por muy molesto que sea. Me acostumbré y dejé de preocuparme por el ruido de motor de la casa de al lado. A veces, incluso, lo olvidaba. Me dejaba llevar por mis pensamientos y caía tan profundamente en ellos que nada más del exterior me preocupaba. Fue entonces cuando por primera vez dejó de sonar por más tiempo. Cuando se detuvo, levanté la cabeza y abrí mucho los ojos, como si eso me fuera a permitir escuchar mejor. Me sentí extraño, no sabía que pensar, pero no alcancé a descifrar lo que sentía cuando el motor ya estaba sonando de nuevo. Sucedió un par de veces más durante la semana, y a medida que fue pasando el tiempo se hizo más frecuente y durante periodos más prolongados de tiempo. Entonces, mientras esto sucedía, comencé a comprender que lo que sentía en esos períodos en que no sonaba el motor era angustia. Real y verdadera angustia, porque me había acostumbrado tanto a su sonido que ahora sí quería escucharlo todo el tiempo.

No sólo me acostumbré a eso que al principio me parecía un ruido molesto, al cabo terminé por depender de él. Ya no podía dormir si no lo escuchaba, no podía concentrarme si no estaba ahí, constantemente, sonando tan cerca de mí que casi pudiera sentir que estaba adentro de mi propio oído.

Nunca quise saber qué era en realidad. La vecina un día fue encontrada muerta en su casa. Al parecer no tenía muchos parientes ni gente que la quisiera. Vinieron un par de personas, estuvieron una tarde, la sacaron en un cajón y se la llevaron rápidamente en una carroza. Al día siguiente llegó un camión, con la misma gente que se la había llevado a ella. Sacaron todas las cosas de su casa y las echaron arriba del camión. Hace días que el motor no sonaba, y ahora sabía con certeza que ya no sonaría más. El camión se fue y por la ventana observé su camino hasta perderse en el horizonte, en los límites de la gigantesca población donde yo vivía.

Me costó superar el trauma de no escuchar nunca más ese sonido. O quizás, nunca lo superé de verdad. A veces imaginaba que estaba ahí, sonando. Quería morir pensando que en la casa de al lado había un motor. Un motor, encima de un suelo de madera, que funcionaba eternamente.

                                       

miércoles, 8 de marzo de 2017

Gran hogar



En huelga mis sentidos han estado
Separados unos de otros
Y esparcidos en la cocina del gran hogar

El gran ojo infectado observa la mesa caminando
Por los pasillos,
La niña llora en los brazos de la madre adoptiva
No hay un nombre para la infancia
Es un continuo esperar de trenes
Que no llegarán nunca
En una estación larga y oscura

Oigo voces desde las ruinas
Gritando nombres desaparecidos
Reclamando su parte en batallas
De otros siglos
Debería regalarle la soga definitiva
Y verla colgando de su ventana
Mientras los gatos lamen sus pies descalzos
Y yo prendo la cámara de video

Siento en las paredes al palparlas
Los rostros que gimen en susurros
Una gran descarga eléctrica sacude mi cuerpo
mi carne revienta y sale humo desde mi materia
ahora yo recibo el abrazo de la madre adoptiva
me siento en su regazo y seco con su manta
mis lágrimas
beso la boca de la madre adoptiva
me duermo mientras mamo la leche
de uno de sus senos

gusto y olfateo cada rincón del gran hogar
enarbolando trapos que suenan a banderas
quizás con la sed intacta
de la noche en que trepamos hasta el cielo

quiero y lloro a la madre adoptiva
en huelga mis sentidos han dicho ofensas
separados unos de otros
en distintas habitaciones del gran hogar

lunes, 14 de noviembre de 2016

Me arden las palabras en los brazos
Ahí están, queriendo salir
Como el preso mirando la luna a través
De una ventana enrejada
Como si la libertad no fuera
Una canción de gritos y llantos

Quiero que salgan y vuelven las palabras
A la sazón de un viento inagotable
Que rompan muros y cadenas
Que inventen un lenguaje algebraico
Que hagan y deshagan según su antojo
Y que vuelvan a mí
Sabiendo que van a morir de nuevo
En mis brazos

Me arden las palabras, me queman
También en las sienes
En los hombros, en las piernas, en el sexo
Me arden y me envuelven con su tibieza
Se colocan una detrás de la otra
Y me cuentan largas historias
Con inesperados finales de infancia
El tono se vuelve enfermizo
Punzante como el llanto de una guagua
Lacerante como el arma que dispara
Y aun más que la que no lo hace

Quiero dejar de temblar en cada verso
O temblar hasta ser amo de las olas
Saberlas llamar por su nombre y causa
Dominar su ira, perdonar sus muertes
Quiero levantarme de este asiento
Para mirar por encima del mundo
Nunca más por debajo del hombro
Nunca más una palabra falsa
Que cause angustia en otra palabra
Nunca más la noche aterrada
Ni el día tapado de cortinas

Nunca más en vano una lágrima
No daré más tiempo al falso intelecto
Ni a la mirada ácida
Nunca más el recuerdo vacío
nunca más la idea de tener ideas agrias
entrecortadas por el vaivén
de la plenitud de una agonía

me arden, me arden, cómo me arden las palabras
son la fiebre de la frente
y el paño frío de mi madre, preocupada
cuánto queman estas palabras
amontonadas en todo mi cuerpo
haciéndose llamar leña de invierno
sol de verano embravecido, y cuántas otras cosas
todo lo pueden en sí mismas
nacen, crecen y mueren con la consciencia intacta
renacen, ahí están de nuevo
corriendo por mis brazos a torrentes
son ellas, siempre fueron las palabras
ahora me doy cuenta, ahora que arden
ahora que queman mi piel para luego deshacerse
en ella
ahora que tengo tanto miedo
me aferro, las abrazo, les digo que las quiero

me arden tanto, y no importa
tengo la palabra en la mano, incendiándose
y voy a lanzarla
será mi arma, mi única arma
desde ahora hasta siempre
la palabra
es mi fe
mi venganza
mi amor
y nada

viernes, 5 de agosto de 2016

El mito


Mi abuela es vidente. La gente va a su casa para que ella llame a los espíritus de sus familiares muertos. Mi abuela no hace trucos, realmente es vidente. Tiene noventa años, de joven viajó por todo el mundo, ahora está en silla de ruedas, pero se mantiene viva, despierta. Mi abuela dice que conoce la forma de encontrarse con los muertos. Dice que varias personas saben, es un mito que se expande. Hay que internarse en el bosque y caminar y caminar hasta que ya no puedas más. Mi padre ya va de regreso. Hace mucho que no hablábamos.